CRISTOBAL ORTIN
Administrativo de los Servicios Centrales del SAS
Brujas novicias (una leyenda de Mometzcopinqui)
La larga cola de novicias que se estaba formando frente a la catedral o más bien de las muxes que pretendían serlo, era llamativa aquel día de lluvia torrencial. En definitiva, todo un espectáculo de colores de travestidos mexicanos venidos desde el istmo de Tehuantepec, a los que la inclemencia del tiempo no les arredraba para reclamar su derecho al arzobispo de ser aspirantes a monjas, tal vez porque no se resignaban a su destino final de cuidar a sus padres, o tal vez porque estaban cansadas de ser ellas mismas. Varios días estuvieron esperando inútilmente a que les recibiera Su Eminencia, ignoradas pero orgullosas, hasta que una mañana desaparecieron del Zócalo precisamente la noche anterior cuando ardió el palacio arzobispal. Nadie supo cómo fue el incendio, tal vez alguien, subyugado por antiguas leyendas aztecas, creyó ver antiguas brujas en el cielo precipitándose como bolas de fuego en el edificio y reconocer en ellas a alguna muxe. El caso es que en el poblado de ellas corrió el mezcal por muchas noches sin la visita acostumbrada del arzobispo.
El apocalipsis que llegó al pueblo
Un eco lejano de clarines y trompetas sonaba en la cabeza del hombre orquesta cuando, revólver en mano, apuntaba al hombre elefante que previamente había desafiado en el saloon y, cerca del lugar, el hombre jaguar también se enfrentaba con el hombre lobo. Así pues se sucedían otros duelos de seres extraordinarios por todo el pueblo en esta historia del oeste, mientras que un granjero observaba todo desde el campanario de la iglesia y emitía, a su vez, varios toques desafinados de trompeta. Abajo, ciertamente así, atado a un poste, el dueño del circo prefería morir pasto de la plaga de langostas que se acercaba por el horizonte.
Cómoda venganza, compañera
Unas decimillas de fiebre al entrar al camerino no le impidió cumplir su propósito. Amalia todavía recordaba lo ausente que solía estar la que había sido una de las vedettes más exuberante de los años cuarenta. La adoraba de verdad a pesar de alguna agresión esporádica y deseaba ver sus trajes para sentir el destello antiguo de la artista en los escenarios. Se hubiera quedado con todo pero se marchó despacio tras una cortina de humo. El perfume ardía bien sin duda y, claro, si los recuerdos del artista no eran para ella tampoco para nadie. Eso sí “heredaría” seguro su silla de ruedas de la residencia.
Mi adorado heredero
El prohibitivo tratamiento de mi nieto, mi sucesor, no iba a ser problema para mis ochenta y nueve años ni para el lugar donde dirigía los negocios para despistar a la policía. Seguía siendo la madrina y cocinando espaguetis . Sabía que el director, sobornado por mis hijos, intentaba envenenarme desde hace tiempo pero mi nieto me traía antídotos de toda clase, y además, pasaba muchas noches en secreto en la residencia antes de ingresar en prisión . Era un cielo a pesar de su obsesión por las ancianas pero todo una revelación por su habilidad en hacer desaparecer auxiliares indeseables. ¿Cómo no iba a pagar sus antipsicóticos (aunque no se los tomara)?
Un cumpleaños tranquilito
Ella finge dormir mientras le cantamos cumpleaños feliz. Cabizbaja abraza a su Mariquita Pérez, su muñeca de toda la vida, sin interesarse por nada más. De repente se le cae al suelo y se apaga la luz de la habitación. Quedamos a oscuras y al poco vuelve aquella. Todo sigue igual salvo que su Mariquita ya no es pequeña, ahora es gigante y de pie nos sonríe maliciosamente. Rápido huimos de la habitación despavoridos. Al rato la abuela levanta la cabeza y sonríe porque sigue siendo bruja. Con un soplido apaga las noventa velas de la tarta y grita: ¡dejadme en paz, coñooo!
El perfecto fingidor
Él finge que no le importa pero está harto de que Pepe, su compañero de trabajo, cuando juntos van a desayunar, no pare de toser y de escupir al suelo por el camino. Eso sí, sin dejar de fumar. “Quillo eres un espectáculo ambulante”, se atreve a decirle una mañana. Pero Pepe hace como si no le escuchara, y de vuelta al trabajo sigue fumando, tosiendo y escupiendo.
Hoy por hoy nuestro personaje ya no va con Pepe a desayunar. Ahora solo finge que nadie le ve de camino al bar, encapsulado en una burbuja gigante de saliva. A Pepe se le dan bien las maldiciones.
Esas personas que no sirven para nada
Empieza a registrar su basura en busca de la única foto que conservaba de ella. Lamenta haberla roto y tirarla al contenedor, por una infidelidad, pero aún sigue queriéndola… Cansado de buscar se asoma al balcón y ve a la misma anciana demente cerca del basurero. Esa en la que nadie repara. Siempre con el móvil en la mano derecha. De repente una tele lanza una noticia que ella escucha desde la calle: “una joven encontrada ahogada en el río”. La vieja mira una foto en su móvil: una ropa de mujer cerca del río, cerca de su refugio, bomberos… Casualmente tenía la foto que él no quería buscar.
Aquella fábrica de helados de Sevilla
Tantas anécdotas encerraría esta historia, como tantas podrían recoger otros protagonistas y lugares de otros tantos negocios. Testimonios guardados en fotos antiguas, mayormente en blanco y negro, de los años cuarenta, cincuenta o sesenta del pasado siglo, guardadas en cajas de zapatos o maletas antiguas. Puede ser que usted haya ya colgado las suyas en Facebook u otras redes dispuesto a airear sus intimidades, pero siempre echando de menos a sus protagonistas. En definitiva son escenas congeladas de personas orgullosas de sus presencias o simplemente acomodadas en su rutina diaria, que parecen seguir reclamando su razón de ser en el presente y el no caer en lagunas de olvido.
De mis fotos y de mi memoria sale una historia que protagoniza gente de Valencia, de Extremadura o de un pueblo de Sevilla, buscándose el sustento o determinadas en sacar a sus familias en un trabajo casi artesanal o sin muchas máquinas. En su mayoría niños y niñas de la posguerra civil hechos hombres y mujeres en busca de un futuro esperanzador, a veces en fotos grupales en el lugar de la faena y otras disfrutando del descanso: ellos con traje de domingo y ellas bien arregladitas sonriendo en un bar o en una feria. Me refiero en concreto a un pequeño negocio familiar recordado por un hijo de uno de sus trabajadores.
En Sevilla capital, al final de la calle Mendoza Ríos esquina calle Alfaqueque, estaba la Fábrica de Helados Ballester. Y ningún cartel de la empresa. Helados de sabores varios como los de turrón, los de tutti frutti, los de vainilla, fresa o chocolate. Junto a estos, los bombones y los napolitanos o barritas de crema helada con su palito. Y cómo no, los polos pequeños y grandes de naranja, limón o coca-cola.
Ruido de máquinas y aquella sensación de frío al entrar. La llamada metálica y amplificada de un teléfono negro. Suelo gris resbaladizo. Mezcla de olor a galletas y sabores dulces escondidos (sobre todo vainilla) que impregnaban hasta el sudor de sus trabajadores. Hombres con mandil de color azul, atareados de un sitio a otro, cargando helados en las cámaras, haciendo mil cosas… Algunas conversaciones en valenciano. Cientos de paquetes de tabaco Celta en la mesa de madera prestos a repartirse a la mayoría de los fumadores. El pequeño descanso de la siesta para reanudar la faena. Y la presencia continua de Ramón Ballester, el jefe, con camiseta corta blanca, calvo con pelo blanco en los lados y sentado en una silla detrás escuchando la radio. Por lo demás, hombre seco de pocas palabras para mí y siempre con horario espartano para almorzar o cenar.
Ramón Ballester fue un emprendedor valenciano, trotamundos de una España molida por la guerra y con muchas historias a la espalda, que apostó por crear un negocio de helados en la Sevilla de los cuarenta o cincuenta. Acabó casándose con Dolores, mi tía abuela, y atrayendo a diversos trabajadores de su tierra (más tarde sustituidos por extremeños), en una época en que obreros del turrón o de la industria del juguete alternaban inviernos en Valencia y veranos con el helado en Sevilla. Pero también con el efecto llamada de Dolores, llegaron sobrinos de las Navas de la Concepción (un pueblo de Sevilla): un carpintero prometedor y dos trabajadoras destinadas a tareas domésticas. Y entre valencianos y andaluzas (entre ellos mi padre Cristóbal y mi madre Amelia) y otras parejas sevillanas, surgieron familias que se quedaron en la capital para vivir del helado o, más tarde, de otros trabajos.
Digamos que todos los edificios relacionados con la fábrica eran tres: la fábrica propiamente dicha, el almacén y otro piso. En la fábrica: un cuartillo para funciones administrativas y otra habitación alejada para almacenar los alimentos conviviendo, ambas dependencias, con cámaras frigoríficas, máquinas para hacer helado y una piscina de salmuera para congelar los polos.
El almacén, a escasa distancia de la fábrica (en la calle Alfaqueque), no solo servía para almacenar cosas o de cochera para el camión repartidor sino que también, en los primeros años de funcionamiento del negocio, hacía de dormitorio, con numerosos catres donde pernoctaban los trabajadores. Quiero imaginar en este lugar noches de calor opresivo y entre sus ocupantes, conversaciones a media voz, bromas y un puñado de pequeñas lumbres de cigarros encendidos en la oscuridad. Posteriormente el dormitorio se trasladó al piso de Mendoza Ríos y en este había varias salas: en la entrada una gran mesa, donde los trabajadores charlaban y escribían cartas a sus familias o novias (por ejemplo las de mi padre con su exquisita caligrafía a mi madre), dos dormitorios con camas, una sala comedor y al fondo la cocina. En ésta, recuerdo como mis tías abuelas Dolores y Josefita cocinaban, auxiliadas en esta y en otras tareas, por sus sobrinas.
Recuerdo mi infancia cuando mi hermano y yo, ayudábamos a hacer cajas de bloque de helados bajo la atenta mirada y sonrisa de mi padre Cristóbal, o aquella vez que fui en invierno a la fábrica y vi a Juan, mi tío abuelo (el tío Juanito), y a mi padre ambos con mandil haciendo galletas. Y ya de mayor, también se me viene a la cabeza la imagen del tío Juanito en plena faena estival sentado con su cigarro eterno en la boca y su ceniza contenida, con una mano llenando las cajas de bloque con crema helada, y con la otra dispuesto a coger las vacías que yo torpemente le suministraba. Dos amigos que eran el verdadero motor del negocio: Juan elaborador de la materia prima y mantenimiento de las máquinas y mi padre un todo “terreno del negocio”, con tareas del helado y todo tipo de tareas administrativas y contables.
Por fotos y por lo que me contaba mi madre, los trabajadores repartían el helado en carritos-bici por la Sevilla capital de los años cincuenta-sesenta para más tarde utilizar un camión frigorífico que repartía los helados por los pueblos circundantes. Recuerdo también como en la entrada de la fábrica los trabajadores con ganchos desplazaban barras de hielo y las rompían, para luego venderlas al vecindario y así alimentar sus neveras con frío.
Eran épocas en las que el calor duraba mucho tiempo, favoreciendo el buen negocio a base de jornadas de sol a sol con descanso dominical incluido. El caso es que la actividad empezaba en primavera hasta octubre o noviembre y el resto de la temporada Juan y mi padre se dedicaban a hacer galletas (como dije), al mantenimiento de las pocas máquinas y a hacer relaciones con clientes y proveedores. Además en materia de helado ayudaba la poca competencia (quizás un par de fábricas también valencianas) y la ausencia todavía de grandes marcas. Junto a los trabajadores mencionados anteriormente, se fueron uniendo otros de la familia y mi hermano y yo echábamos una mano de vez en cuando.
Murió mi padre y mi tía segunda, la hija de Ramón, tuvo que hacerse cargo de la fábrica. Sé que con el tiempo el trabajo se modernizó algo y ella tuvo que hacer frente, por un lado, a nuevos controles sanitarios y laborales, y por otro, a la competencia de los “grandes helados”. En definitiva, más piedras en el camino para un pequeño negocio familiar. Llegaron en esa época los curas de El Palmar inyectando vida a los comercios del barrio y su papa Clemente se acercaba de vez en cuando a la fábrica a saborear algún corte de helado. Mucho más tarde murió el tío Juanito pero la cosa siguió funcionando hasta los noventa. Y poco a poco la fábrica fue cayendo en declive con una premonición que recuerdo por aquellos tiempos: la caída de Barranca, un trabajador valenciano, que patinó por el suelo húmedo y sus gafas quedaron en el suelo. El principio del fin.
Espero no haberles cansado con este retrato antiguo y personal de mi familia (que podría ser también la suya) porque, al fin y al cabo, son recuerdos que me niego a borrar de mi memoria. Como digo me niego a olvidar el cansancio exhausto de mi padre y su mancha de sudor en la hamaca, cuando caía abatido por las noches ante de irse a la cama, me niego a olvidar la luz afable y bondadosa de su amigo Juan, o mi dedo robando el helado de vainilla del cubo de los primeros descartes. Ahora en el presente con otro verano tórrido y aun así con las calles llenas de turistas dispuestas a tomar helado en cualquier época del año, sigo pensando que el helado de turrón y de vainilla de aquella fábrica no tienen nada que ver con los actuales. Así se lo recuerdo continuamente a mi mujer y a mi hijo.
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