El éxito invisible

Imagen generada mediante inteligencia artificial (Gemini 3 Flash)

Francisco Delgado Liébana

Técnico
Junta de Andalucía

Javier entra cada mañana a la Delegación de Agricultura, saluda a María, y a otros compañeros más madrugadores. Sube las escaleras, cruza el pasillo y, al llegar a su puesto, enciende su ordenador. Dedica la mañana a realizar sus tareas, atiende llamadas, revisa expedientes, coordina el trabajo, toma decisiones, se levanta en varias ocasiones y, tras terminar su jornada, sale de la Delegación y vuelve a casa.

No ha pasado nada. La jornada ha sido, simplemente, un día más.

Y precisamente ahí reside el verdadero éxito.

La meta de la prevención de riesgos laborales se basa en eso, cuanto mejor funciona, menos se nota. Su éxito es invisible. No genera titulares, no produce fotografías impactantes, no deja informes dramáticos, simplemente consigue que nada ocurra o, al menos, lo persigue.

Durante la pandemia comprendimos, quizá sin darnos cuenta, lo que significa prevenir. La vacunación fue, esencialmente, una medida preventiva. No consistía sólo en convencer a la gente y administrar las dosis, consistía en evitar hospitalizaciones, secuelas y muertes antes de que se produjeran.

Sin embargo, la vacuna tenía el mismo problema que la prevención en el día a día, su éxito era difícil de percibir individualmente. Cuando alguien fallecía, el impacto era evidente, pero cuando una persona se vacunaba y no desarrollaba una enfermedad grave, como las famosas neumonías bilaterales, nunca sabremos si aquella dosis le salvó la vida o si, en su caso concreto, no habría sido necesaria. La prevención no genera resultados tangibles inmediatos, actúa sobre la probabilidad, reduce la exposición, mitiga consecuencias, controla factores, pero ningún sistema preventivo puede garantizar la eliminación absoluta del riesgo, al menos hasta ahora.

En prevención de riesgos ocurre exactamente lo mismo. No sabemos cuántas caídas no sucedieron, cuántas incapacidades permanentes no se produjeron, cuántas familias no tuvieron que enfrentarse a una tragedia. Y esa invisibilidad tiene un efecto perverso: hace que, a veces, parezca que nuestro trabajo no es urgente.

Quienes nos dedicamos a la prevención conocemos bien esa sensación, llamamos a una puerta para hablar de una adaptación y se interpreta como una molestia, proponemos una medida técnica y se percibe como un gasto innecesario, solicitamos tiempo para formación y se nos responde que hay prioridades más importantes.

Hablar con trabajadores y responsables no siempre es sencillo, no porque falte voluntad, sino porque la urgencia del día a día eclipsa lo que aún no ha ocurrido. 

“Lo preventivo compite con lo inmediato, y lo inmediato casi siempre gana.”

Pero los riesgos no desaparecen porque no se les dedique tiempo; siguen ahí, esperando.

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La Ley, del año 1995, lleva más de treinta años estableciendo un marco claro de obligaciones y derechos. La Administración Pública, y especialmente la Junta de Andalucía, tiene la responsabilidad no solo de cumplirla, sino de liderar con el ejemplo.

Se han producido avances; la cultura preventiva ha crecido, existen procedimientos, protocolos cada vez más definidos, pero también es cierto que aún queda camino por recorrer, especialmente en la integración real de la prevención en la gestión ordinaria y en la dotación adecuada de recursos humanos. Treinta años deberían haber sido suficientes para interiorizar que la prevención no es un trámite accesorio, sino una parte estructural del funcionamiento de cualquier organización.

Porque la prevención no consiste en reaccionar ante el daño, sino en impedir que llegue y, por desgracia, los prevencionistas sentimos que nos dedicamos más a apagar fuegos que a evitarlos.

Y aunque nunca podamos demostrar con nombre y apellidos qué vida concreta se salvó gracias a una evaluación, una formación o una medida específica, hay una verdad que no admite discusión, y defenderé esto en el foro que corresponda: Si una sola actuación preventiva ha evitado una muerte, una incapacidad o incluso una simple torcedura de tobillo, todo el esfuerzo, todo el tiempo invertido y cada euro destinado habrán merecido la pena.

El trabajador vuelve a casa. No ha pasado nada.

Ese es el éxito.

Eso es lo que no se ve. Y eso es, precisamente, lo que debemos aprender a valorar.

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