Simpatía por la intervención

Google Gemini. (2024). Ilustración de funcionaria de intervención caracterizada como miembro de los Rolling Stones [Imagen generada por IA]. https://gemini.google.com/
Google Gemini. (2024). Ilustración de funcionaria de intervención caracterizada como miembro de los Rolling Stones [Imagen generada por IA]. https://gemini.google.com/

Pablo Cabello Macías

Titulado superior
Intervención B 
D.T. de Economía, Hacienda, Fondos Europeos, Industria Energía y Minas de Sevilla

Se nos tiene mucho más miedo del que racionalmente cabría esperar. En los pocos meses que llevo aquí, creo que solo he tenido que fiscalizar desfavorablemente tres veces, y tampoco he rechazado muchos más expedientes.

Descuelgo el teléfono y procedo a marcar el número de algún técnico que cualquier compañero que me precedió registró en la agenda del teléfono a saber cuándo. En el caso de que también me tengan registrado a mí, rara vez llega a sonar el tercer tono de la línea esperando respuesta. Pero me encanta cuando no me conocen. Nunca me he presentado de primeras, ya que nadie que me haya cogido el teléfono lo ha hecho, a pesar de las recomendaciones sobre atención telefónica al ciudadano. Alguna vez sí que me han preguntado quién llama después de que confirmase la identidad de mi interlocutor. Y es aquí donde me encanta mascar el silencio tenso e incluso el cambio de tono cuando digo que llamo desde la Intervención de la Junta de Andalucía.

Casualidad o no, si pregunto por alguien y en un primer momento no parece estar, después de presentarme, resulta que «por aquí vuelve ya». El miedo se abre paso rápido, y eso que desde intervención solo solemos llamar para que nos expliquen algún detalle que se nos escapa de algún expediente. Es una sensación de poder graciosa, pero fruto de una situación ilógica. Se nos tiene mucho más miedo del que racionalmente cabría esperar. En los pocos meses que llevo aquí, creo que solo he tenido que fiscalizar desfavorablemente tres veces, y tampoco he rechazado muchos más expedientes.

La gran (casi absoluta) mayoría de veces que reparamos un expediente es por algún tipo de fallo tibio que tampoco tiene importancia más allá de tener que repetir el expediente. Todavía no hemos metido en la cárcel a nadie, y con lo que me han contado algunos amigos de las intervenciones más peliagudas, nada más podríamos hacer aparte de testificar. Puede que nos preceda la fama de las intervenciones de la Administración local, pero la Junta no tiene nada que ver.

Puede que también se olvide que muchos de nosotros hemos prestado servicio en órganos gestores antes de estar aquí. Incluso vamos un paso más allá de la empatía. De alguna forma sentimos que los expedientes que fiscalizamos son nuestros, a pesar de que los haya hecho otra persona. Como en una cariñosa adopción, nos interesa que nuestra criatura salga adelante, aunque requiera de vez en cuando de algún correctivo por el bien de todos.

Detrás de esa caja negra —de la que entran expedientes y salen fiscalizaciones o rechazos– que algunos piensan que es la intervención, realmente solo hay compañeros que utilizan las mismas herramientas, salvo que hablamos de la otra cara de la moneda en GIRO. Funciona igual que cualquier otro servicio.

Quiero acabar con un pequeño ejemplo de este componente humano. El 23 de diciembre tuve que llamar a un compañero de un órgano gestor con el que ya tengo cierto contacto porque, de una subvención de 106 expedientes, había uno que tenía un fallito (¿quién humanamente no falla una vez de cada cien?). No era la primera vez que lo llamaba en el día. Lo primero que se me ocurrió decirle cuando descolgó el teléfono fue: «Hay que ver, Francisco. No te podría llamar para cosas buenas, como felicitarnos la Navidad. Solo hablamos cuando hay problemas». Nos reímos lo suyo. Pero más nos reímos —y nuestros treinta segundos necesitamos para calmarnos— cuando el día 26 lo llamé y lo primero que le dije fue: «¡Francisco, feliz año!». Alguna conversación cómplice parecida tuve con mi último técnico de intervención cuando todavía estaba yo en mi órgano gestor, y me consta que el resto de mis compañeros también se deseaban buenas vacaciones con él.

Al final, con estas cosas, a todos se nos hace el trabajo más ameno y es más fácil que salga adelante, sin el miedo a un posible rechazo que, ya de por sí, hace la función de profecía autocumplida. Así que, al igual que los Rolling Stones cantaban que había que tener cierta simpatía por el diablo, en la Junta hay que tenerle también simpatía a la intervención.

Si te ha gustado este artículo, encontrarás más contenidos interesantes en nuestra sección Enséñanos tu trabajo.

Y te invitamos a ver nuestros anteriores números de EnRed@2.0.