Angel María Barroso Chico
Servicio de Informática
Agencia Digital de Andalucía
Sevilla
Nuestra lucha contra los sistemas informáticos es una lucha sin cuartel. No terminamos de resolver un problema cuando aparece por arte de magia otro; quizá un nuevo requerimiento técnico o funcional por su parte, quizá un problema con la CPU de su puesto de trabajo, quizá un sistema de información que no responde como debería. ¿Quién sabe?
Queridos lectores y queridas lectoras: se preguntarán qué hago de nuevo visitándoles aquí, en sus pantallas, ¿verdad? Como sabrán, desde el Instituto Andaluz de Administración Pública promueven la honrosa iniciativa de difundir el conocimiento y la experiencia profesional y personal, adquiridos y desarrollados por las personas que trabajamos en el sector público andaluz. Nos piden colaboración… ¡sí, a ustedes también! En ese marco, simplemente respondo al amable ofrecimiento del equipo de redacción de la revista para colaborar de nuevo.
Pensé en escribir la continuación necesaria del último artículo técnico que publiqué sobre inteligencia artificial (IA) pero, observando, desde el punto de vista de un profesional TIC, los derroteros por los que está caminando el mundo digital y en particular en nuestra comunidad autónoma —guiada por la experta mano de la Agencia Digital de Andalucía—, me dije: «¡Qué narices! Mucha IA, mucho entorno cloud, mucha reestructuración, pero… ¿qué pasa, que la tecnología lo puede todo?, ¿que los informáticos y las informáticas nos estiramos como el chicle y servimos para todo?».
Sí, evidentemente, ciertas cabezas pensantes están reorganizando nuestras líneas de trabajo, homogeneizando y estandarizando protocolos de actuación y reorientando la estrategia digital de quienes nos dedicamos a la cosa técnica —y que, en el fondo, tan solo pretendemos haceros la vida más fácil— hacia el uso de entornos o sistemas más modernos. Pero, para quienes trabajamos en el mundo TIC está resultando un auténtico quebradero de cabeza.
Me pregunté qué podría aportar desde mi modesta atalaya digital, y me vino a la memoria la problemática del día a día del personal TIC frente a las constantes necesidades y requerimientos de este mundo tan cambiante. Es un tema que da para mucho, pero en esta ocasión voy a tratar de analizar, desmenuzar y hacer comprensibles algunas de las complejidades del día a día de un informático para tratar de mantener en funcionamiento los sistemas que todos y todas usáis, y atender nuestras justas reclamaciones de eficacia y eficiencia, siempre desde mi particular y filosófico punto de vista.
Pasen y lean, pues.
Caminando entre dinosaurios: la historia de la informática hasta ahora
Porque… sí, ¡damas y caballeros! Todos y todas tenemos un pasado, nadie nació ayer. ¡Me río pensando de dónde venimos!
Cada cual habrá recorrido su propio periplo personal; una larga vida de aprendizaje para llegar hasta el punto actual, hasta esa pantalla de ordenador frente a la que se encuentra ahora. Años de aprendizaje, años de formación técnica y administrativa, años de pelearse con esos sistemas informáticos que sirven de sustento a sus tareas diarias.
Y ¿quiénes les han guiado en ese tortuoso caminar que les ha permitido poner, con cierta confianza, las manos sobre un teclado y un ratón hasta llegar a alcanzar el nivel de soltura que les ha permitido enfrentarse a las particularidades de esos misteriosos cacharros, sin los cuales el trabajo que realizan sería mucho más tedioso, lento e infructuoso? Por supuesto: ¡el personal experto informático! ¡Cómo no! ¡Un ángel guardián! Alguien de soberana paciencia y piel blanquecina que, tras horas y horas en angostas habitaciones cerradas, rodeado de cables y pantallas, ha convertido en su modus vivendi la pasión por los entresijos de esos enigmáticos e inabordables sistemas informáticos que acaban entendiendo mejor que a sí mismos.
Todo el mundo —y yo mismo— ha pasado por ahí. Desde nuestros despachos grises y mal iluminados, hemos visto nacer en tiempos remotos a ese primigenio animal llamado PC. Primero, arrastrándose por el suelo, apenas con la potencia de cálculo de un viejo ábaco de madera —simple, fácil de entender y fácil de consolar con apenas cuatro comandos básicos—, para ver luego cómo, a velocidad de vértigo, ese bebé ha evolucionado hasta convertirse en una bestia, una criatura indescifrable hasta para quien la ideó. Pero, en el fondo, un ser al que amamos tanto que, a pesar de la brutalidad de su energía y la complejidad de sus tripas, tratamos de convencer a todos y todas —sí, también a usted que nos está leyendo— de que es un animal dócil y fácil de dominar. Sí, un animal de muchas formas y tamaños. A veces una tierna mascota, otras un ser salvaje, pero al que, en caso de emergencia, todos confían en que el guardián de su zoo siempre sabrá contener.
La épica del teclado: el esfuerzo de desarrollar sistemas informáticos
Llego a la oficina, suelto el maletín en la estantería que tengo detrás de la mesa, saco el teléfono móvil, la agenda, las gafas… y respiro. ¡Misma rutina de todos los días! La misma que sufren quienes,como yo, se enfrentan a diario a ese dragón negro de fría y oscura pantalla que se apresta rígido frente a nosotros. Lo miramos impávidos, sabiendo que podemos dominarlo —quizá no con tanta seguridad como la que aparentamos tener—-. Tratamos de enfrentarnos a la fiera agarrándola con fuerza por la áspera piel de su teclado y sujetando con enérgica delicadeza su cola de ratón para que no nos golpee con ella a latigazos.
Y así, comenzamos a luchar contra algo que en teoría está hecho para la perfección, pero que nos sorprende cada día con nuevos conflictos que resolver. En un mundo ideal, los sistemas informáticos serían inmejorables, funcionarían sin errores, responderían instantáneamente y nunca fallarían. Pero, en la realidad, esas expectativas tan altas rara vez se cumplen. En la práctica, cualquier fallo acaba convirtiéndose en una tragedia. Una tragedia para vosotros y vosotras y… ¡un auténtico quebradero de cabeza para el personal informático!
La pelea contra el dragón es así. Desde aquí lo vemos como a esa criatura mitológica, la Hidra de Lerna, a la que, según el mito, si se le cortaba una cabeza le crecían dos más en su lugar. Nuestra lucha contra los sistemas informáticos es una lucha sin cuartel. No terminamos de resolver un problema cuando aparece por arte de magia otro; quizá un nuevo requerimiento técnico o funcional por su parte, quizá un problema con la CPU de su puesto de trabajo, quizá un sistema de información que no responde como debería… ¿quién sabe?
Los usuarios y las usuarias de tecnología esperan que todo funcione a la perfección, como si los sistemas TIC fuesen entes mágicos hechos a imagen y semejanza de El divino. ¡Craso error! Aunque los profesionales trabajamos incansablemente para acercarlos a esa excelencia, el simple hecho de estar creados por humanos implica la posibilidad de errores. La perfección es el ideal al que aspirar, aunque no una realidad alcanzable. Los usuarios y las usuarias quieren todo funcionando a la primera, sin mácula, pero los profesionales TIC sabemos que nuestro verdadero arte está en gestionar las fallas y encontrar soluciones cuando estas ocurren.
Los técnicos y técnicas, enfundados en la armadura de la paciencia y con el conocimiento de diferentes estrategias y estratagemas de combate digital, abrazamos la lucha como una cruzada natural frente al enemigo. Sin duda, un trabajo heroico y lleno de desafíos, donde muchas veces la única recompensa es la satisfacción de la labor cumplida y el certificar una vez más que la bestia no ha podido con nosotros.
Dios nos hizo TIC: el informático que todo lo sabe
Seguramente conocen el principio de incertidumbre de Heisenberg, que viene a decir que un fenómeno cambia cuando se lo observa. En el mundo TIC, se llama efecto Heisenbug… un divertido juego de palabras por el que muchos programadores juramos que algunos bugs —errores informáticos— tienen miedo al informático: se esconden o desaparecen en cuanto llega un técnico, un jefe o incluso un patito de goma imaginario.
¡No! No somos magos, ni druidas, ni dioses. No tenemos esa varita mágica que hace que los sistemas informáticos se comporten como deben merced a sortilegios u oscuros hechizos que, por arte de magia, solo nosotros conocemos a modo de crípticos comandos de consola solo al alcance de esos frikis y desarrapados que se acercan a sus despachos para tratar de calmar los ataques de ansiedad que ustedes padecen cuando les falla una aplicación.
Desde luego, los caminos del señor son insondables: gafas grandes —a menudo de pasta o gruesas—, camiseta de Star Wars, meme o banda de rock, sudadera con capucha, pelo desaliñado o barba irregular, pantalones cargo, zapatillas deportivas gastadas y, a veces, sobrepeso o delgadez extrema. Es la pinta que se espera que tengamos —la mía propia a veces—, pero detrás de ese aspecto descuidado y esa camisa mal abotonada se suele encontrar una persona que para nada confía en El Eterno para resolver los problemas. Detrás de esas pintas hay un profundo conocimiento de cómo funcionan los sistemas informáticos, de cómo tirar del hilo para resolver un determinado ticket, o de cómo traducir los requerimientos de las aplicaciones que se nos solicitan a bits, a pantallas, a menús, a base de datos, a redes, a aplicaciones, a sistemas complejos… a vida digital.
Si bien es cierto que, de alguna manera, la IA —ese concepto etéreo que aparentemente todo lo ve y todo lo puede— ha venido para facilitarnos la tarea, cualquiera que la haya utilizado con cierta seriedad sabe que necesita de un humano para dirigir su razonamiento e interpretar sus resultados. En el fondo, no es más que una herramienta que aprende de nosotros, de nuestros errores y de nuestros aciertos a modo de gran base de datos de conocimiento.
Nuestro papel acaba siendo el de ese dios, ese Zeus mitológico, que allí en las alturas a veces parece no hacer nada, pero que, ojo avizor, está siempre supervisando vuestra huella digital y, haciendo acopio de todas las herramientas tecnológicas a su alcance, trata de hacer realidad las súplicas, oraciones y rezos en pos de un mundo feliz.
Teléfono Rojo: hasta donde nos llevó Kubrick (cuando todo falla en la informática)
Piensen en la vida del informático: sentado en su despacho, tranquilamente jugando al solitario, revisando las últimas noticias del mundo gamer, u ocioso dedicado al noble arte de mantenerse al día de los diversos chismorreos políticos y del corazón en la prensa electrónica diaria. Porque… ¡no se confundan! ¡Estar al tanto de esas cuestiones es, a día de hoy, fundamental para la vida de un profesional TIC! (Entiendan la ironía… Kubrick, en su famosa película, la usaba constantemente).
Revisando logs, generando documentación operativa, planificando reuniones, picando código, aplicando complejas secuencias de comandos para desplegar un aplicativo, atendiendo la cola de tickets/usuarios que requieren de nuestros servicios, reciclándonos y formándonos, etc. En fin, como si no tuviésemos otra cosa que hacer. Vivimos sumidos en nuestro mundo, frente a una pantalla de la que apenas levantamos la mirada, un mundo en donde a veces nos tiembla el pulso, donde un mal clic o una secuencia de comandos mal ejecutada puede convertirse en un desastre, donde borrar por accidente la carpeta de «Documentos importantes (DE VERDAD)» o donde una aplicación que no responde como debería puede desencadenar una catástrofe informática de proporciones bíblicas, emerge la figura del personal técnico informático: un o una profesional cuya misión, aunque rutinaria, roza lo geopolítico.
Como el piloto del bombardero de Kubrick, el personal TIC, armado tan solo con un destornillador y/o el conocimiento de esa magia negra que solo nosotros somos capaces de dominar, tiene un poder especial: la psicología políglota. Me explico.
Ante una alarma, ante una crisis, ante un sistema caído o ante una batalla silenciosa contra un usuario alterado, debemos ser capaces de dos cosas: calmar los nervios de la persona en cuestión y… traducir sus palabras a conceptos digitales. Seguro que alguno de ustedes ha utilizado la famosa expresión «pero si no he tocado nada», o esa de «esto funcionaba perfectamente ayer».. A la que se añade «necesito que funcione sí o sí». O bien reconocerán, incluso en ustedes mismos, a esa alma cándida e inocente que, casi balbuceando, trata de explicarnos a su manera qué le está pasando a ese cacharro rebelde que tienen delante o al programa que se le ha descompuesto en mitad del informe más importante.
Así es. Tenemos primero que hacer de psicólogos, ¡qué remedio! Nadie nos preparó para ello en la Facultad de Informática, nadie nos dijo que una parte muy importante de nuestro trabajo sería lidiar con los azares del comportamiento humano. Y, sobre todo, debemos mantener la compostura cuando incluso a veces ni nosotros mismos tenemos claro cómo solventar el problema y no nos queda más remedio que escalar la cuestión; todo, ante un usuario atónito que pensaba que éramos como dioses.
Caminando entre algodones y campos arrasados: todo debe funcionar a la primera
En resumen, el mundo del personal TIC es un mundo espinoso, lleno de complejidades, donde cada usuario, cada cable y cada línea de código representa un posible conflicto digital; un estallido nuclear.
Nuestro trabajo consiste en convertir ese camino tortuoso en una dulce autopista digital y tratar de que el usuario o usuaria perciba sus intrincados recorridos como un camino directo hacia el cielo de la información, cuidándoles como entre algodones. Confío en que este artículo al menos habrá logrado que miren de otra manera a esa persona desaliñada, a veces sumida en su propio mundo, que se les acerca de vez en cuando con el único ánimo de ayudar.
¿Pero no se han dado cuenta? ¿Recuerdan cómo acabaron los dinosaurios? Un brutal meteorito chocó contra la tierra allá por el Yucatán, arrasando todos los campos de algodones por los que caminaban en el cretácico. ¡Eso mismo nos sucede a nosotros! Sí, un auténtico estallido nuclear que arrasa con lo que dábamos ya por aprendido. Cada vez que surge una nueva tecnología, un nuevo protocolo, una nueva metodología, un nuevo sistema operativo, un nuevo paradigma de la computación o una nueva aplicación o idea feliz de alguno o alguna de ustedes, nuestro mundo se tambalea y vuelve a empezar.
¡Una nueva criatura nace! ¿Seremos capaces de dominarla? ¿Aprenderemos a domarla?
Despedida
Creo que me he excedido en el tono épico de mi redacción, ¿verdad? Pero… ¿a que se han divertido leyéndolo? Ya fuera de excentricidades, les recomiendo visitar al menos dos artículos suficientemente accesibles a los neófitos de la cosa técnica.
Uno de ellos, y que a buen seguro les va a sorprender, es un documento del Vaticano sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. Y para quienes están más habituados a la documentación formal, les añado un enlace a un documento excelentemente trabajado de la Consejería de Empleo de la Xunta de Galicia, visual y mucho más serio, que mostrará los complejos perfiles técnicos y competencias que los profesionales TIC debemos ser capaces de abordar. ¿Se animan? Seguro que, comparándolos con mi particular enfoque, comprobarán cómo a este que escribe a veces se le va la olla cuando le entra la vena literaria.
Un saludo y ¡nos vemos en un próximo artículo!
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