Más allá del tercer año

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Rafael Sorroche Ramos

Administrativo
Hospital Universitario Reina Sofía
Córdoba

Gratitud a quien me sostuvo en la tormenta.

Ante mi ventana, la niebla flota como un suspiro suspendido. En el viejo tocadiscos Grundig de los años 80 suena The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd. La aguja recorre los surcos del vinilo como el tiempo ha recorrido mi cuerpo: con pausas, con saltos, con heridas. Y, sin embargo, aquí estoy: pensando en ti. 

Me he quedado cegado de sentimientos al recordarte. Mi mente se llena de palabras que no terminan de encajar, como piezas de un rompecabezas emocional. ¿Cómo darte las gracias? ¿Cómo traducir en lenguaje lo que tu amor ha significado para mí? 

Durante tres años difíciles, fuiste mi refugio. Cuando la enfermedad me arrastraba hacia la sombra, tú eras la luz que no se apagaba. Cuando el dolor me dejaba sin voz, tú entendías mis silencios. Cuando todo parecía desmoronarse, tú sostenías los fragmentos de dolor con tus manos. 

El disco se ha rayado en la última canción. Lo vuelvo a poner desde el principio. Como si al repetir la música pudiera también repetir los momentos en los que me salvaste sin saberlo. 

Hay un puente lejano, junto a un arroyuelo. En mi memoria, el cielo refleja su azul profundo en tu rostro. ¿Una sonrisa? Tal vez. ¿Una mirada? Quizás. O quizás era simplemente tu forma de estar, sin pedir nada, sin condiciones. 

Con la cabeza apoyada en tu hombro, veía pasar el río de la vida como si fuera una película lenta, a quince fotogramas por segundo. El clic-clac de la cámara mental eternizaba esos instantes. Me abrazabas con la suavidad de un asiento de terciopelo, y yo sentía la calidez de tu piel, bajo el constante rasgueo de la aguja del disco.

«Pronto llegarás», me digo. Y la espera se vuelve dulce. Me froto las mejillas, y una lágrima se desliza, no de tristeza, sino de gratitud. 

¿Por qué ya no temo al gélido frío de allende los mares? Porque aprendí que el calor más profundo no viene del Sol, sino del alma que te acompaña. 

Los pájaros revolotean por mi ventana. El anochecer hoy es distinto, sí, pero hermoso. Como todo lo que aprendí a ver gracias a ti. 

Mi mente vaga entre colinas y despeñaderos. Vislumbro un puente lejano, nuestro puente, cada vez más cerca, ese puente que tiene esa melancolía serena que tanto nos une. 

Concluyo  ante la exuberante geometría del atardecer. Ya nada nos separa, salvo los latidos de nuestros corazones, que siguen bailando bajo cúpulas de mármol.

El disco se detiene. Silencio.

Buenas noches, mi amor. Gracias por no soltarme. Gracias por amarme en la tormenta. Gracias por ser tú.

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