Mirian Roldán Rodríguez
Jefa de Sección
Dirección Provincial
Servicio Andaluz de Empleo
Sevilla
Hay decisiones que no se toman de golpe, sino que se van asentando poco a poco. En mi caso, estudiar la carrera de Economía fue una elección lógica; trabajar en la empresa privada, casi una inercia. Pero había algo que no terminaba de encajar. Necesitaba que mi trabajo tuviera un impacto más directo, más tangible. Con el tiempo entendí que lo que me estaba llamando (aunque entonces no supiera ponerle nombre) era el servicio público.

Siendo honesta, hubo otro factor que considero hoy determinante. Me animé a opositar muy joven porque tuve cerca a alguien que ya estaba dentro. Alguien que me habló desde la experiencia, sin idealizar, pero sin restar valor a lo público. Me hizo ver que era un camino posible, real, alcanzable y progresivo.
Y tengo claro que, si no hubiera tenido a esa persona cerca, probablemente no habría tomado la decisión de opositar. Seamos claros, no es una decisión romántica; es exigente, muchas veces solitaria, y pone a prueba la constancia y la confianza en uno mismo. A los 24 años entré como interina. Recuerdo bien esa etapa: la mezcla de vértigo e ilusión, la sensación de haber llegado y, al mismo tiempo, de que aquello no era un destino, sino solo el principio.
Porque lo que realmente engancha de la Administración no se explica en un temario: se vive en los pasillos. En mis primeros meses aprendí más de mis compañeros que de cualquier manual. Personas que llevaban años (muchos años) y que, sin hacer ruido, sostenían el servicio con una profesionalidad admirable. Mostraban no sólo lo que había que hacer, sino cómo hacerlo bien. Y, sobre todo, para quién.
Con el tiempo, he confirmado algo que entonces sólo intuía: dentro de la Administración hay muchísimo talento. Pero no siempre lo ponemos en valor. Y, a veces, ni siquiera lo reconocemos del todo.
Se habla mucho de atraer talento joven, y es lógico, hace falta. Pero creo sinceramente que la clave no está únicamente en mirar hacia fuera, sino en cómo nos miramos hacia dentro. Porque, en el fondo, todos somos esa persona para alguien. Todos, en algún momento, hablamos con un familiar, con un amigo, con alguien que está empezando. Y en esas conversaciones (mucho más que en cualquier campaña) se construye la imagen real de la Administración. ¿Qué contamos cuando hablamos de nuestro trabajo? ¿Qué percepción dejamos?

Es verdad que hay inercias que desgastan, procedimientos mejorables y momentos en los que cuesta ver el impacto de lo que hacemos. Pero también hay otra realidad, más silenciosa y mucho más valiosa. Y esa es la de los equipos que funcionan, la de las personas que se implican, la de quienes empujan para que las cosas salgan mejor. Porque lo que hacemos importa; mucho más de lo que a veces recordamos.
La Administración no es un espacio estático; es, o debería ser, un lugar donde crecer, cuestionarse y aportar. Y esa es la imagen que también debemos proyectar.
Atraer talento joven no depende únicamente de convocatorias o procesos selectivos. Depende, en gran medida, de lo que ya somos. Y esto queda reflejado en cómo trabajamos, cómo acogemos a quien llega, si compartimos conocimiento o lo guardamos, si generamos entornos donde merece la pena estar. Depende, en definitiva, de nosotros. Porque alguien, en algún momento, nos va a escuchar, y puede que en esa conversación se esté decidiendo mucho más de lo que pensamos.
Si queremos que venga gente preparada, comprometida y con ganas, el primer paso es sencillo (aunque no siempre fácil): cuidar el talento que ya hay dentro. Reconocerlo, fortalecerlo y, también, contarlo mejor.
Porque nadie se siente atraído por un lugar que ni siquiera quienes están dentro saben valorar. Y porque, muchas veces, todo empieza con alguien que te cuenta que merece la pena.

