La visión de un recién llegado: del sello de caucho a la verdadera Administración 2.0

Imagen original realizada con Inteligencia Artificial.

Jesús Benítez Díaz

Administrativo

Servicio Andaluz de Salud

Me llamo Jesús Benítez. Tengo 25 años, soy de Algeciras y, hace apenas unos meses aterricé de manera oficial en el Servicio Andaluz de Salud como auxiliar administrativo. Llegar aquí ha sido una de mis grandes metas desde hace más de seis años, cuando tuve claro que mi vocación era trabajar en la sanidad pública andaluza.

Soy un apasionado de la informática desde que era un renacuajo. Hoy en día no sólo sigue siendo mi gran afición, sino que procuro llevar todos esos conocimientos más allá del ocio y aplicarlos de forma activa a algo fundamental para mí: mi trabajo en la Administración Pública.

Tras mi paso de un año por la Administración Local y sumando lo que llevo visto en el ámbito sanitario, he de reconocer que aún queda mucho camino por recorrer en cuanto a digitalización. Aquella etapa atendiendo al público en el municipio de Jimena de la Frontera fue una experiencia la mar de enriquecedora, y desde aquí mando un abrazo a mis antiguas compañeras y compañeros, a la corporación y a los vecinos y vecinas a los que tuve el honor de servir: gracias por vuestra acogida y por hacerme sentir como un jimenato más. Por cierto, un pueblo precioso en mitad de la sierra, en la comarca del Campo de Gibraltar, donde tenéis un castillo medieval impresionante arriba del todo y un río salvaje a los pies por el que da gusto perderse (el Ayuntamiento no me patrocina… que quede claro).

Mi afán por mejorar los flujos de trabajo y, con ello, la imagen de la Administración —que debe aspirar a ser eficiente, moderna y en constante evolución— me hace observar y analizar con detenimiento cada detalle de las infraestructuras y de los programas que utilizamos en el día a día.

A veces, abrir ciertas aplicaciones corporativas es un viaje en el tiempo a la época en que mandábamos zumbidos con el primitivo Messenger y los míticos canis llenaban sus estados de una especie de poesía urbana en un baile de mayúsculas y minúsculas. Cuando vi aquello por primera vez en mis prácticas del Grado Superior de Formación Profesional en el año 2023 —mi primer contacto con la sanidad pública—, además de algún ordenador travieso con Windows XP y los envíos por el primitivo fax, suspiré hondo. Lo primero que se me vino a la cabeza fue la sintonía inicial de la serie Cuéntame cómo pasó, pensando: «Solo falta que Carlos Alcántara empiece a narrar el inicio del episodio».

Para rematar la faena, cuando me dijeron: «Nos deben traer unos papeles del centro de salud para revisar y archivar en el mueble», mi cerebro se desconectó de la red corporativa. Ya no quería acceder con Cl@ve ni con certificado digital; ahora me pedía fotocopia compulsada del DNI y ponerle un sello de caucho de «Registro de Entrada». En fin, como ya no es mi primera vez en el mundo de la Administración, no me va a sorprender absolutamente nada de lo que vea (al menos, eso espero). Estoy curado de todo espanto. Tantas horas frente a la pantalla jugando al Tomb Raider me han acostumbrado a explorar las inmensas reliquias de la burocracia.

Dentro de la Administración debemos tener clara una premisa: nuestro objetivo es ofrecer el mejor servicio a la ciudadanía, y para ello es fundamental disponer de herramientas TIC a la altura. Debemos dar un vuelco al panorama actual, dejando a un lado la impresora y las estanterías llenas de kilos de celulosa para aprovechar la tecnología (y muy especialmente novedades como la inteligencia artificial) con el fin de ganar rapidez, minimizar errores y optimizar todos los procesos posibles. Pero no sirve hacerlo de cualquier manera o venderlo en la prensa con un eslogan. Hay que unificar criterios y poner de acuerdo a todos los departamentos para ir a una. No vale que en un sitio se trabaje de una forma y en el de al lado de otra distinta, porque luego las personas usuarias nos llegan rebotadas, lógicamente, y tenemos que rebuscar mentalmente en el temario de oposiciones el apartado de «Prevención y resolución de conflictos» y en aquel curso de cincuenta horas del sindicato sobre «Técnicas de desescalada verbal ante conductas hostiles».

Todo esto no puede hacerse, a mi juicio, sin algo básico: la soberanía tecnológica. Andalucía debe desligarse lo máximo posible de las Big Tech y acercarse más a la mentalidad europea de ser independientes. Y no, para esto no hace falta ningún referéndum, es más una cuestión de convencimiento y de fuerza de voluntad. En este lado del charco tenemos el talento y los recursos necesarios para funcionar de forma autónoma… Hablando claro, no tiene que venir nadie de fuera a vendernos la moto. ¡Pero si el kernel de Linux, el gran pilar del software libre actual, lo parimos en Europa! Y si sacamos la cabeza de las pantallas, la imprenta, el motor de explosión o las vacunas nacieron en nuestro continente, como tantas otras cosas. ¿No hay talento? Quizás no tengamos nuestras propias multinacionales asquerosamente multimillonarias que monopolizan el mercado, pero hay proyectos en marcha impulsados por la Unión Europea y algunos gobiernos para, precisamente, independizarnos un poco del país de la Ruta 66, del Black Friday y de la fast food. ¿Europa no puede rodar por sí sola, o más bien, no quieren que lo hagamos?

No podemos condicionar la mejora de nuestra red corporativa a la compra constante de licencias ofimáticas en la nube, ni permitir que el avance de la inteligencia artificial en la Administración dependa de terceros.

Lo primero de todo: no sabemos exactamente qué hacen con nuestros datos. Es cierto que estas empresas están sujetas a un marco regulatorio europeo, lo cual debería darnos cierta tranquilidad, pero no dejan de ser empresas extranjeras cuyo único fin es obtener beneficios económicos. A mí, personalmente, todo lo que venga de aquel país me da un poco de recelo (por si teníais dudas… ¿lo disimulo bien, verdad?).

Lo segundo: ¿de verdad debemos estar atados a desembolsar un puñado de millones a estos señores cada año y vertebrar la Administración digital andaluza basándonos en sus normas? Como firme defensor de la economía circular, que nos sigan obligando a actualizar Windows cada X años y, por ende, a guardar en el almacén cientos de ordenadores funcionales por puro capricho alegando que «ya no son compatibles», me parece un total despropósito. Esa es otra, Dios sabrá cuántos ordenadores se desechan en las oficinas de las administraciones que, con un buen mantenimiento y un cambio de componentes, son capaces de dar la batalla varios años más sin despeinarse. ¿Cuánto dinero se malgasta que podría invertirse en mejorar otros aspectos del sistema? ¡Me hierve la sangre sólo de pensarlo!

La solución está precisamente en el software libre, cuya comunidad nos brinda a día de hoy todas las herramientas para hacer funcionar cualquier entidad, pública o privada, sin limitaciones. En otras partes de España ya nos llevan la delantera, por no hablar del resto de Europa. La Administración andaluza no puede quedarse a la cola en este sentido. De hecho, recientemente la Unión ha lanzado el «paquete europeo de medidas de soberanía tecnológica» para «reforzar nuestras capacidades en materia de semiconductores, inteligencia artificial, nube y código abierto». En él, una de las premisas es fomentar «un mayor uso del código abierto en las administraciones públicas». ¿Por qué no le metemos caña a esto? ¡Si es que nos lo están poniendo en bandeja!

Ya utilizamos en nuestra región algunas herramientas corporativas libres muy válidas, por ejemplo, distribuciones de Linux como LetSAS en sanidad (bueno, he de decir que… por lo menos lo intentan) o EducaandOs —antes el mítico Guadalinex— en educación (cómo olvidar los portátiles que nos regaló la Junta… no sé si cumplieron los objetivos planeados por la Consejería, eso sí, las competiciones en red local al Counter-Strike que se montaban algunos en clase eran increíbles). Pero existen otras herramientas tremendamente potentes que ya aplican administraciones europeas, algunas administraciones autonómicas (como la Xunta de Galicia o el Gobierno Vasco) e instituciones dentro de nuestra tierra, como la Universidad de Cádiz. Son aplicaciones como NextCloud que replican el ecosistema de Google y centralizan el correo electrónico, el calendario, los chats, los grupos de trabajo, los archivos compartidos y la ofimática en la nube. Implementar algo así cambiaría por completo la comunicación interna y la organización diaria sin depender de los dos monstruos del oligopolio cibernético. Con los recursos actuales y reorganizando las herramientas existentes, sería un salto perfectamente viable.

Y es aquí donde creo que entramos en juego nosotros. Este renacuajo aficionado a la informática no se preparó unas oposiciones con sudor y lágrimas solo para teclear y ver cómo el sistema se oxida desde la silla de un mostrador. Quienes acabamos de aterrizar en las administraciones, quienes hemos nacido con un ordenador bajo el brazo, tenemos un papel que va mucho más allá de sobrevivir a esta burocracia: tenemos la responsabilidad moral de ser el motor del cambio desde dentro.

Sé que intentar transformar las cosas desde abajo en una estructura gigantesca como el Servicio Andaluz de Salud se siente, a veces, como enfrentarse al jefe final de un videojuego teniendo la barra de salud parpadeando en rojo. Siempre corres el peligro de que te miren como «el pesado de los ordenadores», el de «a ver qué se inventa ahora» o de que te suelten la contundente y típica frase de los más veteranos: «Es que esto siempre se ha hecho así». Pero si no somos quienes empezamos a cuestionar por qué seguimos imprimiendo un documento para volver a escanearlo tres minutos después, ¿creéis que lo hará alguien? Como me dijo un ciudadano el otro día: «Aquí lo de la huella de carbono… ¿ya para otro día, no?» (y esto a mí, que soy el tonto del reciclaje… reconozco que me dolió).

Dándole vueltas, y recordando mi experiencia en Jimena de la Frontera, me sorprende que un ayuntamiento de pueblo pueda estar muchísimo más digitalizado que un gigante de la administración andaluza, que maneja mucho más presupuesto y donde hay departamentos que, se supone, se encargan de modernizar el sistema. Y, además, cuando me llegan a la oficina personas de otras regiones más digitalizadas y les explico cómo deben hacer un trámite… es cuando me viene a la mente el mítico meme de Paloma en Aquí no hay quien viva: «Grábales las caras, Juan, las caras».

De verdad, y repito, no podemos estancarnos en el pasado. La Administración Pública es como un buque enorme: tarda muchísimo en girar, sus engranajes hacen ruido y, si no estás acostumbrado, te puedes marear fácilmente; pero, si insistimos adecuadamente, termina cogiendo el rumbo correcto. Al fin y al cabo, ya he logrado sobrevivir a los ordenadores vintage, a los faxes milenarios y a los sellos de caucho; estoy convencido de que, paso a paso y con mucha fuerza de voluntad y pedagogía, podemos construir la verdadera Administración 2.0, soberana y eficiente, que la ciudadanía andaluza merece.

El talento y las herramientas los tenemos a nuestra disposición. Ahora solo falta meter el «siempre se ha hecho así» en la Papelera de Reciclaje. Yo, por lo pronto, ya le he dado al botón de «vaciar».

Bibliografía

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