María Dolores Rubio de Medina
Asesora Técnico
Instituto Andaluz de Administración Pública
Sevilla
Publicado el domingo, 18 de octubre de 2026
¿Quién no recuerda la atosigante atmósfera de impotencia administrativa que rodea a Josef K., el empleado de banco que es acusado no se sabe de qué en El proceso de Franz Kafka y que cae de bruces en un laberinto burocrático?
En línea con esa angustia administrativa, en nuestro país, tenemos una escritora que ha hecho algunas incursiones para describir los laberintos administrativos, más concretamente los de la Junta de Andalucía. Me refiero a Sara Mesa (Madrid, 1976; residente en Sevilla). La autora ha descrito, por ejemplo, el laberinto administrativo generado por la aplicación práctica de la Ley de Procedimiento Administrativo y otras disposiciones normativas en las personas sin hogar; es decir, en las que no tienen un empadronamiento en una ciudad o en un pueblo cualquiera.
Los ciudadanos se enfrentan con mayor o menor fortuna a realidades administrativas que, en la mayor parte de los casos, vienen definidas con palabras que requieren el uso de un diccionario; pero no de uno cualquiera, sino de uno administrativo para conocer el significado de palabras o frases como: personas interesadas, causar estado, silencio administrativo, días hábiles, acto presunto, etc. Llegar al final de un procedimiento administrativo y tener una resolución notificada no supone el final de la escapada, sino entrar en otro laberinto burocrático cuando las personas interesadas, disconformes con la decisión adoptada por la Administración, interponen los correspondientes recursos.
Con ese lenguaje administrativo batallamos a diario, dentro y fuera de la Administración, y Sara Mesa lo describe con minuciosidad en su libro Silencio Administrativo (Editorial Anagrama, Barcelona, 2019). Es una pequeña obra basada en un hecho real que sirve para poner de manifiesto que, más allá del constitucional principio de igualdad que nos asiste a todos los ciudadanos, existen grados de acceso a los recursos del sistema que generan desigualdad. Uno de los grupos que tienen más dificultades para concretar sus derechos es el de las personas sin hogar que adoptan, a efectos administrativos, domicilios fantasmas para canalizar los trámites administrativos. Personas que, para seguir en el sistema administrativo, deben perder “las ganancias de un día de trabajo”: ir a arreglar los papeles a una unidad administrativa supone que no pueden estar en la esquina habitual pidiendo y todo para un resultado incierto que muchas veces finaliza con el impersonal: tienen derecho, pero no tenemos fondos.
En nuestro sistema, como bien describe Sara Mesa, ser una persona sin hogar es entrar en un laberinto kafkiano en el que la “persona pobre” necesita un móvil por si le llama esa Administración, pero tener móvil es un signo de riqueza para las personas transeúntes a las que le piden limosna.
Como no podía ser menos, Sara también se ocupa de las personas que atienden al resto de la ciudadanía en la Administración y tramitan sus expedientes dándole una solución positiva o negativa. En su novela Oposición (Editorial Anagrama, Barcelona, 2025) escribe sobre el sueño de gran parte de la sociedad española: opositar y tener un puesto fijo en la Administración.
En Oposición, Sara Mesa detalla el trabajo administrativo para sacar adelante un informe, escalarlo a los mandos superiores y esperar el resultado de ese trabajo para, posteriormente, hacerlo llegar a la persona que ha presentado dicho formulario. Describe la situación de la gente que, siendo necesaria dentro del sistema administrativo, se encuentra con periodos en los que no tienen tareas porque nadie, ni los ciudadanos, alimentan la maquinaria administrativa presentando peticiones.
La fantasía de Sara Mesa describe una protagonista en un edificio administrativo indefinido, pero que por la descripción podría ser Torretriana, que accede a un trabajo temporal e intenta, posteriormente, formar parte de forma fija de ese engranaje administrativo presentándose a una oposición. La oposición que describe, hoy en día, es un proceso anacrónico e inexistente, porque lo que describe parece ser más la forma de actuar de una multinacional privada que de una verdadera Administración. El laberinto burocrático para ser funcionario que nos ofrece la autora está totalmente desfasado y es descabellado, a pesar de que la novela fue publicada en 2025. Eso no excluye, en mi opinión, que se recomiende la lectura de la novela, pues ofrece detalles muy jugosos de los rituales funcionariales como la pausa del desayuno y nos permite ver si nos identificamos con alguno de los especímenes de funcionarios que, con gran lucidez, describe la novelista.
Recomendar la lectura de Silencio Administrativo y Oposición a las personas que tienen un puesto fijo en la Administración es, probablemente, contraproducente por la hiriente carga negativa que tiene la autora hacia un sector laboral con el que parece ajustar cuentas; no obstante, es bueno verse con los ojos de otras personas para comprobar la imagen que damos a una gran parte de la sociedad que, afortunadamente, en la realidad no llega ni por asomo a superar la angustia kafkiana.
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