Una caja de sorpresas

Por José Carlos Gutiérrez Reyes. Inspector de Consumo. D. T. Igualdad, Salud y Políticas Sociales de Málaga

«Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio» (Federico García Lorca). El autor ofrece toda su creatividad para que, simplemente, la disfrutes

La vida es una misteriosa caja de sorpresas, de todo tipo y para todos los gustos. La vida es una enorme paradoja, para bien y para mal de algunos. Un gigantesco tobogán emocional. Si no has entendido esto, me temo, que no has comprendido nada. Pero aún estás a tiempo, nunca es demasiado tarde, salvo si piensas que ya lo sabes todo, que no tienes nada nuevo que aprender.

De eso va este poema, que bien podría ser un relato, una novela, o hasta un guión de cine. Aunque a mí, lo que más me gustaría, es que fuera una canción. En él, un hombre, o una mujer, tanto da, inmerso en una crisis existencial, provocada por el paso del tiempo, la oxidación y la enfermedad, algo por otro lado tan prosaico, cotidiano e inevitable, acude, deprimido, durante varios meses, a una sala de rehabilitación de un hospital para hacer terapia junto a otros enfermos. Y contra todo pronóstico, una voz tranquilizadora, unas manos suaves y enérgicas, el dolor producido por la terapia y el misterio de la vida misma, terminan por producir el milagro, la catarsis imprevista e inesperada. De una enfermedad se pasa otra en extremo opuesta. Eros y Thanatos siempre de la mano para perplejidad nuestra. Eso es todo.  Fin de la historia.

Lo demás ya es cosa tuya lector. La pelota está en tu tejado. Solo me atrevo a sugerirte que busques un lugar apartado, tranquilo, silencioso, sin prisas y al ritmo del latido de tu corazón, hagas tuyo este poema, le des vida y consigas emocionarte. Si es así, me doy por pagado. Si no lo consigo, te pido perdón por haberte hecho perder el tiempo. Me permito también aconsejarte que veas, si no lo has hecho ya, la película: “El árbol de la vida”, de Terrence Malick, año 2011. Estoy convencido de que no te dejará indiferente. Ya no me queda más que despedirme con unos versos de José Agustín Goytisolo en “Palabras para Julia” y desearte que la vida te atrape, a pesar de que a veces te duela, y créeme que, aunque te hayan contado otra historia, duele y mucho, sentirse vivo.

“…La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor…”

Pabellón Once
(Del Tormento y el Éxtasis)

Con una herida llegué a esta sala.
Como animal temeroso y humillado
pregunté por ti sin conocerte de nada.

-¡Espera…!  me dijiste  indiferente,
y  yo, obediente, te esperé.

Torpe, aturdido, encamine mis pasos un instante
sin rumbo ni concierto. Al momento me recibiste
y tras unas breves indicaciones
a la suerte de dolorosos instrumentos y artilugios me dejaste
abandonado y huérfano de afecto.

En voz alta, preguntaste mi nombre. Yo, susurrando, te lo dije.
Y desde entonces, cada mañana, una tras otra,
como dócil cordero, a tu cita mansamente me presento,
cabizbajo, ante tu altar me inmolo en sacrificio.

Te veo llegar desafiante y resignado penitente, a ti me entrego.

Y cuando tus frías manos tocan al fin mi cuerpo
el latido de tu corazón me traspasa
como un meteoro incandescente de vida y fuego.

Con la calidez de la Sagrada Madre Tierra te confundo.

Confiado feto me siento.

Con reflejos primarios de mi especie,
a  ti, con determinación me agarro;
de ti sorbo el alimento agridulce de la vida
y  me traes ritmos primitivos de lejanos tiempos.

Pero  ¡Ay…cuando el rito da comienzo!
cierro los ojos para no maldecir tu rostro,
para no ser  testigo rencoroso
del sufrimiento que me causas.

De plácido bebé en barco a la deriva
al instante me transformo.

En el oscuro y negro mar de mi tormento,
mi dolorido brazo es timón y remo
que tú agarras sin complejos
y sometes a torsiones malabares.

Entonces ahogo mis gritos en silencio
y trago lágrimas de sal para que tus ojos
no sean espejo de mi cobardía.

Mis músculos se tuercen
y mis tendones se tensan como hilos de acero,
como violín soy, del que brotan notas de cuchillos afilados
y me muerdo la lengua con los dientes apretados.

A duras penas contengo el aliento que me ahoga,
desesperado, abro mis ojos suplicantes,
y ya en el límite de la conciencia, cada día,
el milagro de tu voz viene a salvarme
como un bálsamo hechicero:
-¡Respira…! me dices con dulzura , y yo
al instante te perdono, olvidando mi tortura
como un niño que tras el castigo
se abraza confundido y lloroso al cuello de su madre.

Como un animalillo temeroso
en el paraíso ingrávido de la infancia
me escondo y me refugio.

Al fin, a mis espaldas,
siento tus dedos pellizcarme
y golpear mi hombro.

Oigo que como a Lázaro me dices:
-¡Levántate, y anda…!

Entonces, en mi interior
me rebelo y resignado, callo.

Ya no quiero levantarme,
ni andar, ni curarme.

Enfermo siempre quiero estar
para que nunca abandones
tu mano lacerante de mi hombro dolorido.

Como Lázaro, prefiero antes,
el oscuro útero de la tumba
a  que se rompa el cordón umbilical que a ti me ata

¡Diosa provocadora de gozos y tormentos!

Como peregrino fanático te rezo
el rosario de los días y las horas
para que se pare el tiempo en este  instante
y se haga eterno.

A golpes de sístole y diástole me brota este poema,
a borbotones de sangre derramada de cornada,
siento que no puedo taponar la herida, ni quiero,
para tener siempre la piedad en tu mirada.

No te confundas, no soy poeta ¡Qué más quisiera!
sólo un hombre sensible, herido en su centro por un rayo
al que un volcán dormido has despertado,
tú, tan callada, de rocas pétreas, magma y lava.

Hoy, último día,
nuestros caminos dejan el azar de su cruce caprichoso
para volverse infinitos paralelos
y un agujero negro de universos ignotos y perdidos me devora
y traga a su paso constelaciones, estrellas y planetas.

Con una herida llegue a ti, y tu, diligente, la curaste,
pero otra impredecible, de dolor y gozo, me acompaña.

Desahuciado de toda medicina conocida estoy,
enfermo terminal, a la vida me agarro con uñas y dientes,
y siento tanto placer en lo profundo de la herida
que de la vida a la muerte paso en un instante.

No hay analgésico ni poción que calme mi herida,
ni médicos que la curen, ni cirujanos, ni curanderos,
ni brujos, ni hechiceros, ni sacerdotes, ni santos, ni profetas.
Ni confesiones, ni ritos, ni religiones, ni magias,
ni dioses profanos ni sagrados, ni mesías,
ni Cristos crucificados, ni Vírgenes, ni Magdalenas.

¡Que ya ninguna cura ni remedio quiero¡
Y  si algún poderoso dios descocido,
en este instante, al desamor me devolviera,
de él blasfemaría, hasta quebrar la voz de mi garganta.

Tanto te debo, que en cien vidas que viviera
podría pagar la deuda que te tengo contraída.

Nada pido, nada espero, libre y salvaje soy,
si acaso…, un abrazo, o una caricia de consuelo,
o una sonrisa cómplice, o un cándido beso.

No quiero más, que ni nombrarte puedo, ni  me atrevo,
no sea que me devuelvas la cordura,
y con ella sane, y como por encantamiento,
desaparezca esta locura.

Porque polvo enamorado de estrellas y cometas soy,
de su papilla me alimento, en ellas vivo suspendido
desde el origen misterioso y remoto de los tiempos.