Las Joyas del Paraiso

Escritorio con lápices y papel encima
 
En estilo epistolar, tristemente olvidado en estos días, nuestro compañero nos lleva de la mano, entre susurros y confidencias por dos grandes joyas de nuestra Andalucía; las ciudades hermanas de Úbeda y Baeza
 
Texto: Jesús Carmelo Palomo.
Jefe de Negociado de Programas del Servicio de Prevención y Apoyo a la Familia en Jaén.
 
Ilustraciones: Juan E. Latorre.

Querido tío Alfredo:

En este mundo moderno, a los nuevos viajeros románticos nos gusta visitar con calma ciudades y pueblos, saborear con gusto sus platos y dulces, y escribir de puño y letra cartas como esta, como antaño, para contarte lo visto y oído, tocado, olido y hablado. Con lo que no contaba era con soñar con los fantasmas de otras épocas, con los fantasmas que aún viven aquí.

En Úbeda me alojé en el Parador de Turismo, un impresionante edificio renacentista, el Palacio del Deán Ortega. Allí ya comprendí que el viento, en Úbeda, susurra en piedra de plata renacentista. La primera noche soñé con los fantasmas de su pasado. A la luz de las velas de una fastuosa estancia palaciega, Francisco de los Cobos y Molina, el que fuera caballero de la Orden de Santiago, adelantado de Cazorla, Contador Mayor de Castilla, Secretario de Estado del emperador Carlos I, Señor de Sabiote, Jimena, Recena, Torres, Canena y Velliza, una de las personalidades más influyentes y poderosas de su época, ya preparaba su propia muerte, su propio reposo eterno en su propia tierra, donde proyectó su privada pirámide faraónica: la Sacra Capilla del Salvador del Mundo. Allí, en mi sueño, debatía entre pliegos de planos con su arquitecto, Andrés de Vandelvira, el genio de su época, aún virgen de su obra más eterna, la Catedral de la Asunción de Jaén. Ambos hombres hablaban frente a dibujos de la magnífica capilla exenta, mientras que yo podía oírlos en la soledad de mi sueño. Allí descubrí, sin saberlo, los detalles del proyecto. En un momento se volvieron a mí y me susurraron con voz inmodulada: “Recorre nuestros pasos. Recuérdanos al seguir los caminos por esta ciudad de Úbeda, donde dejamos nuestra huella inmortal”.

Casa de las Torres de UBEDA
Casa de las Torres de UBEDA

Al despertar por la mañana, aún fresco el recuerdo, mis propios fantasmas me llevaron a donde me habían contado. Nada más salir del Parador, pude contemplar el templo construido como panteón por De los Cobos, a sus expensas y en cuyo suelo reposa para siempre excepto para aparecer en mis sueños y en las noches de luna en las naves de su tumba de marfil. Cuando Diego de Siloé entregó el proyecto, Vandelvira lo realizó, a pie de obra, y lo amplió con su genio, como la impresionante Sacristía y su portada de entrada. Pero Vandelvira no se limitó a esta obra maestra del Renacimiento, que por sí sola le hubiera dado fama y gloria, sino que la extendió al palacio donde me alojé. 

El primer capellán de la Capilla del Salvador fue el Deán Ortega, para quien se construyó un gran palacio que hay a la izquierda de la fachada principal de la capilla. Este palacio en honor a Fernando Ortega Salido, deán de la catedral de Málaga y Chantre de la Iglesia Colegial de Santa María de los Reales Alcázares, fue trazado por Andrés de Vandelvira. Tras verlos, comencé mi paseo susurrado en mis sueños. En plena Plaza de Vázquez de Molina, declarada Patrimonio Mundial desde 2003, Vandelvira me observaba en bronce retratado por Palma Burgos y me llevó a todas sus obras, como el Palacio Vázquez de Molina, sede del ayuntamiento, y me hizo mirar en derredor de esa plaza, la mayor concentración de monumentos por metro cuadrado que he visto nunca: el Palacio de los Mancera, la Casa del Obispo, Antiguo Pósito o Basílica Menor de Santa María de los Reales Alcázares. Aún totalmente apresado por el mal de Stendhal, las noches siguientes encontré a mis fantasmas mostrándome el camino para recorrer durante el día. Así, por las noches soñaba en piedra y de día las tocaba. Vi la Plaza del Ayuntamiento y el Palacio Vela de los Cobos, trazado también por Vandelvira con su bellísimo balcón esquinado característico del renacimiento andaluz, anduve por la Plaza del Mercado y la Antigua Casa Consistorial y la imponente Iglesia de San Pablo. Continué por la Calle Real parando ante el Palacio de los Condes de Guadiana y me llegué a la Plaza de San Pedro, con la Iglesia del mismo nombre, así como el Palacio de la Familia Orozco. Visité la plaza Primero de Mayo y el palacio del Conservatorio de Música “Maria de Molina”, y me acerqué a la Casa de las Torres, el antiguo palacio de los Dávalos, sede de la Escuela de Arte.

Para cuando llegué al vandelviriano Hospital de Santiago, donde tanto en su bello patio interior como en su magnífica escalera todos los años resuena la música antigua del Festival de Úbeda, tuve que recuperar fuerzas y tapear por la zona y comer, un día en el Mesón Zoraida u otro, en El Yelmo. Al parecer, los dulces del Convento de las Carmelitas Descalzas de la calle Montiel, expertas en dulcerías que salen de su clausura (los roscos, las hojuelas y los borrachuelos), despertaban los recuerdos dulces de mis fantasmas.

Me fui de Úbeda tras sumergirme en la Sinagoga del Agua, descubierta por casualidad durante unas obras bajo los muros de una antigua casa que guardaban un tesoro oculto durante siglos, una sinagoga judía anterior al siglo XIV y bajé a las profundidades de su suelo, para ver los arcos de la sinagoga, la Galería de Mujeres y el Baño Ritual (Mikveh). Tanto me impresionó que casi no pude saborear a mi antojo la iglesia y convento de la Santísima Trinidad. Lo que sí hice con los espectaculares ochíos de pimentón, un pan dulce típico de estos lares, que comí recorriendo la antigua muralla con vistas a los olivares de La Loma y con los que me acerqué al taller de Tito, el alfar que tan bellas piezas de sabor antiguo y andaluz, hornea cada día.

Querido tío Alfredo, tan lleno de belleza me dejó Úbeda que no pude ir más lejos y me quedé en Baeza, a 9 kilómetros, aún sorprendido por mis fantasmagóricos guías. En Baeza me alojé en el Palacio de los Salcedo y su bello patio en galería, que como todo allí, no parece bajar de 400 años de antigüedad. Por la noche me encontré tras la mirada de otro fantasma. En un aula llena de pupitres infantiles, un mapa de la España de hace 120 años, una pizarra negra y los suelos grises geométricos hidráulicos, enmarcaban una antañona mesa de profesor, cuyo usuario a la luz de una bujía, escribe sentado a ella, mientras en los cristales resuena la lluvia. A buen seguro, Antonio Machado versificaba: Una tarde parda y fría/ de invierno. Los colegiales/ estudian. Monotonía/ de lluvia tras los cristales. Tras el último verso, me miró levantando la cabeza: “Aquí dejé parte de mi vida madura y mi duelo, ya que mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Síguela por las calles de Baeza, como yo te muestre”.

A la mañana siguiente, volví a confiar en mis propios fantasmas y busqué la antigua Universidad, el Colegio de Primeras Letras Santísima Trinidad del siglo XVI, hoy Instituto de Secundaria, en donde pude ver ese aula en donde Machado impartió francés durante 7 años. Después me deslicé por el Arco del Barbudo y la aneja iglesia de San Juan Evangelista, y por calles de sabor medieval hasta llegar a la plaza de Santa María, igualmente Patrimonio de la Humanidad desde 2003. Allí me dejé llevar por la atracción de la segunda Catedral de la diócesis, primera hasta 1248, en donde resuena, sin duda, la voz de Vandelvira ahogada sólo en Cuaresma por las notas del Miserere de Eslava. Para no tener sed, en la misma plaza, la fuente más bella de Andalucía calma la sed de belleza. Me detuve en contemplar las fachadas de las Casas Consistoriales Altas, el otrora Seminario San Felipe Neri (hoy Universidad Internacional de Andalucía), y la catedral, antigua aljama. Vítores en almagra las firman desde siglos con los nombres de los hijos más eruditos de Baeza. Anonadado aún por lo visto, cené en Casa Juanito unos buenos andrajos y me fui a dormir con la buena segura compañía de D. Antonio. Con él imaginé recorrer calles empedradas donde el tiempo dejó, ya en su época, de fluir adelante y a veces, hacia atrás. Me desayuné pan con AOVE de Pradolivo y me di un capricho con un virolo de hojaldre típico, antes de llegarme a la plaza del Pópulo, donde Himilce en piedra, antes o quizá después de enamorar a Aníbal, vigila desde la Fuente de los Leones las Antiguas Carnicerías, la Audiencia Civil y Escribanías Públicas, el Arco de Villalar, la Puerta de Jaén… Todo era tan asombroso que no estaba preparado, a pesar de la advertencia de mi fantasma poeta, para descubrir lugares como el Palacio de Jabalquinto, la Alhóndiga, las Casas Consistoriales Bajas, las iglesias de San Juan, San Pablo, San Francisco y los Trinitarios Descalzos. Tampoco para toparme con la sorpresa románica, único vestigio en Andalucía, de la Iglesia de Santa Cruz, que data del siglo XIII y sus dos portadas de arquivoltas de medio punto. Para envolverme en palacios de sillares pétreos de linajes e hidalguías tan antiguas que se borraron sus nombres de todos lados menos de sus escudos en mármoles de la Casa de los Perea, de los Arévalo, de los Fontecilla, de los Ávila, de los Acuña, de los Galeote, los León, el Palacio de los Sánchez Valenzuela… Circundé la Torre Aliatares y la Puerta Úbeda, que jalonaban las antiguas defensas, hasta que el atardecer me sorprendió en el mirador de las Murallas contemplando los campos de Andalucía.

Fuente de Santa María BAEZA
Fuente de Santa María BAEZA

Finalmente, cansado, me senté al lado de mi fantasma en su banco público, que en la calle San Pablo, se hace cuerpo de bronce gracias al escultor Pérez Almahano. Allí le confesé en voz queda al bueno de D. Antonio, mientras lee eternamente un libro, que quise perderme entre callejuelas y calles de recias casas de piedra, para comprobar que con el Albaycín granadino no sólo comparte Baeza ligazón lingüística (debe su nombre a los pobladores baezanos desterrados tras la batalla de las Navas de Tolosa) sino el sabor y el encanto de las calles hechas poesía. Seguro que ya lo pensó Machado cuando dejó: ¡Campo de Baeza/ soñaré contigo/cuando no te vea! 

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