KATANGA

Por Antonio Cano Rodríguez.

Médico especialista en radiodiagnóstico en el Hospital Universitario «Virgen del Rocío». Sevilla.

Yanik acababa de  cumplir catorce años cuando estalló la guerra. Era la cuarta que vivían. Los motivos de  este nuevo conflicto ya no los recordaba, pero me describió con detalle su infancia marcada por el tránsito incesante de furgonetas con hombres armados en la trasera, las  columnas de humo y el tableteo lejano de las ametralladoras

Yanik era uno de los muchos enfermos terminales de SIDA que teníamos en el hospital de campaña. Era poco más que un lugar donde morir bajo techo. No podíamos hacer  nada por él; los daños que la enfermedad había causado en su cuerpo eran irreparables.  En su historia leí que tenía cuarenta y dos años y no lo pude creer. Parecía un anciano desnutrido, los ojos hundidos en sus cuencas y marcado el relieve de sus costillas con algo de piel sobre ellas. 

Miraba inmóvil durante horas hacia el techo, donde los ventiladores proporcionaban algo de alivio para un calor sofocante y húmedo. Creo que, a falta de otro consuelo espiritual en nuestra misión laica, me había tomado por su  confesor. Si alguna vez había profesado una religión, ya no lo recordaba. Su única fe, me dijo, había sido el deporte.

– Correr, doctor. Era el único culto que teníamos en  nuestra aldea. ¡Y cómo creíamos en ello!

Su padre les repetía a su hermano Patrick y a él que el deporte sería lo único que les sacaría de la miseria. Yanik y su hermano seguían su consejo con devoción. Corrían los doce kilómetros que los separaban del colegio por la mañana. Volvían también corriendo por la tarde y, después de cenar se  retaban para ver quién era capaz de hacer más rápido el camino desde su casa al único pozo de la aldea. Yanik era el más lento y también el más débil. La diferencia en musculatura, en altura y en coordinación hacían que estuviera a la sombra de su  hermano mayor. ¡Cómo quería Yanik derrotarlo! Su padre alentaba esa competitividad  y le decía que algún día lo lograría, si encontraba la oportunidad. 

Yanik acababa de  cumplir catorce años cuando estalló la guerra. Era la cuarta que vivían. Los motivos de  este nuevo conflicto ya no los recordaba, pero me describió con detalle su infancia marcada por el tránsito incesante de furgonetas con hombres armados en la trasera, las  columnas de humo y el tableteo lejano de las ametralladoras. Su madre quería  abandonar la aldea, pero tampoco tenían otro lugar a donde ir. Intentaron enviar a los  hermanos a casa de unos tías que vivían en una zona más segura, pero las  comunicaciones eran casi imposibles.  

Los niños intentaban mantener una vida normal, pero al poco se suspendieron las clases.

– Más tiempo para entrenar – le dijo Patrick intentando animarlo.

Corrían descalzos por  los alrededores del pueblo, sin poder alejarse, ya que las minas eran cada vez más  abundantes en la zona. Su padre, sentado en el porche, controlaba sus progresos.

– ¡Más  rápido! – les decía – ¡Otra vez, hasta el río!–

Era lo más parecido a un entrenador que tuvieron nunca. Hasta el día en que lo asesinaron. Yanik creía que fue en verano, porque su madre había tenido que ir a por agua hasta el pueblo vecino, ya que el pozo de la  aldea estaba seco. Katanga entró de pie en una furgoneta en la que habían instalado una gigantesca ametralladora que apuntaba al cielo. Le seguían otros cinco vehículos más.  Formaban su escolta unos treinta chicos poco mayores que ellos, armados hasta los  dientes. Llamaban a Katanga el Jefe. Enseguida les ordenó sacar a todo el mundo de sus  casas. Separó a los padres de los hijos y colocó a los niños por orden de edad. Su madre  volvía en ese momento con el cántaro a rebosar de agua cuando la arrojaron al suelo y la  colocaron junto a los demás adultos de la aldea.

– Me llevo a vuestros hijos mayores anunció Katanga – El Ejercito de Liberación los necesita. Los que sean dignos de  obedecerme me seguirán en mi Misión. Por desgracia, continuó, ni los viejos ni los niños que aún se aferran a las faldas de su madre me sirven. Morid al menos con la  satisfacción de que vuestros primogénitos han sido llamados a un destino mejor. – 

El recuerdo de la masacre persiguió a Yanik el resto de su vida. Me contó que nadie gritó ni lloró. Ni siquiera los niños más pequeños cuando los condujeron al fondo de la fosa que los chicos mayores habían cavado. Sus manos sangraban y perdió las uñas cavando durante horas una trinchera que pudiera albergar a los casi cien habitantes de la  aldea que Katanga decidió que no eran útiles para sus propósitos. 

Yanik no fue capaz de decirme cuánto tiempo pasó al servicio de Katanga. Su hermano  y él fueron sometidos a castigos atroces y a un entrenamiento tosco pero eficaz, cuya  intención parecía ser despojarles de su humanidad. El Ejército de Liberación entraba en  las aldeas y repetía el ritual que había acabado con la vida de los padres de Yanik. Seguían corriendo, esta vez con un Kalashnikov en sus manos mientras el Jefe les obligaba a marchar durante kilómetros cuando la gasolina escaseaba y no podían usar las furgonetas. Su entrenamiento previo les salvó la vida. Vieron caer a muchos niños agotados, incapaces de seguir el ritmo de esas marchas. Katanga les ordenaba disparar a sus compañeros cuando se desplomaban agotados.  

– No formarán parte de mi Ejército – les decía. – No valen ni el precio de la bala que los mata. Sólo los más dotados me acompañaréis cuando marche hacia la capital en la  batalla final – 

Patrick le animaba y sostenía cuando pensaba que las fuerzas le iban a abandonar. No hubiera soportado ni una semana sin el apoyo de su hermano mayor.  Enseguida llamaron la atención de Katanga.

– Sois fuertes- les decía. – Los mejores de  mi ejército. Tengo grandes planes para vosotros.–

Patrick le decía a Yanik que era mejor que el Jefe les tuviera esa consideración, que ese hecho les mantendría más tiempo con  vida y que además, si se relajaba, les abriría las puertas a un posible plan de huida. Yanik interrumpió su relato para toser y se incorporó como pudo en la cama del  hospital. Entre estertores escupió sangre y flema en una palangana. Le dije que descansara, que podía seguir contándome su historia mañana, pero me contestó que ya  no tenía más tiempo. 

Yanik y Patrick progresaban en el caótico escalafón de Katanga. El Jefe les llamaba sus  escuderos y ahora eran ellos los que decidían quién viviría y quién no y otros niños los  que fusilaban a los inútiles.  Todo cambió el día en el que en una de las aldeas encontraron una destilería casera y Katanga se apropió de la producción. El Jefe se emborrachó y se sumió en el negro estado de humor que solía conducir a alguna situación horrible.

Venid a mi lado y bebed todos.– les dijo.

El licor de arroz corría por el campamento y muchos niños disparaban ya sus ametralladoras al aire, girando enloquecidos sobre sí mismos. Katanga sacó su machete.

– He pensado,  dijo moviéndolo delante de ellos, que no sería  un buen Jefe si no diera a mis subordinados la oportunidad de progresar. Esta noche quiero nombrar a mi segundo y he pensado en vosotros. – les dijo a los hermanos – Pero como sabéis, continuó sólo puede haber un lugarteniente.

Katanga se levantó del sillón de barbería que le servía como trono y recorrió tambaleándose los veinte  metros que lo separaban de un tronco cortado de palmera. Clavó con violencia el  machete en el tocón y volvió a sentarse.

– Patrik, Yanik, mis queridos hijos. les dijo – Sé que los dos sois fuertes y rápidos, mis mejores guerreros. Sois sangre de mi sangre.  Quiero que el más digno de ello se siente junto a mi trono y me acompañe en la victoria  final. Suyo será el machete con el que tendrá el honor de degollar a nuestros enemigos.  Pero sólo uno de vosotros debe volver con él. Os mataré si os negáis. –Anunció  Katanga con una tranquilidad escalofriante. 

Yanik hizo una pausa en su relato, buscando una bocanada de aire que ya era  insuficiente para mantenerlo con vida más allá de unos pocos minutos. Con los ojos empañados de lágrimas me dijo:

– ¿Sabe, Doctor? Fue la única carrera en la que por fin conseguí ganar a mi hermano. Y la más importante.


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