
Rafael Sorroche Ramos
Administrativo
Hospital Universitario Reina Sofía
Hospital Provincial
Secretaría de oncología médica
Córdoba
CUATRO HISTORIAS DE LA EXISTENCIA
Preludio de un tiempo acaecido y extraño al período en que vivimos
Faber est suae quisque fortunae
Cada hombre es el artesano de su futuro
En la senectud de mi vida y antes que se me vaya el último suspiro de este orbe, me pongo a narrar mi azarosa vida y la de los que me acompañaron.
Llamarlo pasado o presente, tampoco es muy preciso, pues lo que se relata ha sucedido y está sucediendo actualmente.
Mi intención primordial ha sido proporcionar referencias, recuerdos, acontecimientos, situaciones, lugares, personajes etc. La reconstrucción de los hechos me ha llevado casi una década. En papel de servilleta, de wáter, de fumar, en la palma de la mano, en el glúteo de alguna dama, en fin, en cualquier sitio que me encontraba garabateaba y los depositaba en un viejo baúl. Los que pasaron delante y por avatares de la vida no los pude borronear, unas veces por dejadez, otras por no encontrar lugar donde rasgar mi plumilla, siempre los he tenido dentro de mi imaginario contenedor, sellado por la historia.
Doblego mi mirada y percibo mi silueta salpicada de moléculas de rocío reflejada en el cristal y a la vez reflejadas en el cristalino de mis ojos. Me vuelvo a sentir que no he perdido las ganas de tener frescura, de volver a escribir mis recuerdos, de volver a sentirme dinámico.
Que buen momento. Que maravillosa situación. Perfecta para ponerme a recordar.
De donde aprendí a codearme con personajes ilustres y no tan ilustres.
En la lejanía del tiempo todavía atisbo algún recuerdo de todos los personajes que desfilaron, o más bien viajaron detrás de mí o a mis espaldas, según lo mire el observador.
En esa etapa de mi vida siempre fui muy por delante de todos y muy por encima, con la cabeza bien alta ¡Si señor, siempre la cabeza bien alta! Conmigo se han codeado de tú a tú, sin remilgos y con una amistad, como lo diría… casi eterna ¡Esa es la palabra!: actores, picapleitos, amantes denostados, príncipes, obispos, personajes principales, gente mundana, ricos que se creían que no me iban a dar su aprecio por tener fortuna ¡Que equivocados estaban!
Nada más llegar el responsable de la fusta me puso una capa negra con el interior en albo. La cabeza me la cubrió con un sombrero a modo distinguido, en la que asomaba mi carita apretada. Del responsable de la fusta cogí alguna que otra costumbre: como llevarme el periódico al trabajo por si tardaban más de la cuenta, mascar chicle o mirar los anuncios por palabras.
La lectura del periódico mientras se espera, resulta muy útil y, además, trae diariamente todo lo que hay que saber: que político ha sido imputado, los horarios de los cines, donde comprar ropa, las casa de citas, horarios de misa, obituarios diarios, casamientos de fulanito con menganita.
Pasear con el periódico debajo del brazo bajo los cipreses, era una forma de hablar con mi espíritu, era mi bálsamo de fierabrás. Por cierto, todavía no me he presentado: soy Matías Queroso, ayudante de fusta, sí señor, ese soy yo, el que iba siempre con la cabeza bien alta al lado de Aldo Lorido, el cochero; responsable de fusta y dueño de las pompas fúnebres.
PRIMERA HISTORIA DE LA EXISTENCIA
El hombre que le gustaba Mozart, nunca trabajó, vivía de una renta dilatada y por fin descansó
Ars longa, vita brevis
El arte es largo, la vida breve
Hipócrates de cos.
Detrás de una verja pintada de negro, donde en tiempos pasados crecía una mosqueta, ya desaparecida, unos tallos sempiternos rozaban las filigranas redondeadas del enrejado. La verja chirriaba como una cigarra en pleno mes de julio ¡Esta mañana teníamos autopsia! Aldo Lorido empujaba el féretro con parsimonia, como era costumbre en él. Para mí era algo nuevo ¡Una autopsia! ¡Tenía que entrar y ver, comprobar con mis ojos semejante disección!
Don Andrés Trozado y Caniche, era el finado. Un político de postín, de los que empezaron con el cambio de régimen y se mimetizó en el nuevo orden constitucional, hasta ahora. Consiguió amasar una fortuna, que con el sueldo de político, tendría mis dudas que hubiera aglutinado tal patrimonio. Se tomaba el arte demasiado a pecho. La noche que iba al teatro dispuesto a disfrutar con toda su esencia, se ponía energúmeno solo porque el tramoyista iluminaba demasiado la cara de los actores, o porque el actor principal se rascaba la nariz, no estando esto en el guion. Otras veces desde el palco, por supuesto el principal, un Diputado a cortes como él no se merecía otro, se enfadaba porque salía una palmera en un paisaje de los Lagos de Covadonga o una chumbera en un paisaje de los Alpes suizos.
Mientras era introducido en la sala de autopsias, esta era nueva y así evitaba a los familiares tener que esperar en una anexa sin insonorizar. El antiguo edificio tenía humedades y la sala de espera no estaba insonorizada ¡Y se oía todo! Así mismo, el nuevo reglamento del cementerio dejaba hacer meriendas mientras se esperaba al finado, colocar macetas, velas u otros adornos en las calles del campo santo, puestos de bocadillos, flores y chuches.
Como decía Groucho Marx: “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después el remedio equivocado”.
En el corrillo delante de la sala de autopsias no había nada más que trajeados y en la puerta del cementerio coches oficiales, creo que conté veinte. Entre los conductores corría el bulo sobre la muerte del Sr. Diputado Don Andrés Trozado y Caniche. Se comentaba que murió en un palco del teatro de moda de la ciudad, escuchando la famosa ópera Don Giovanni de Wolfang Amadeus Mozart, precisamente en el aria «Madamina il catalogo e puesto». Cuando lo descubrieron tenía la bragueta abierta y el dedo sin uña fuera… por lo que deduje que alguna hija de buen ver abrevó al ritmo de Madamina, friccionando el cilindro maestro con sus bembos y fue en el momento del clímax donde se le fue la vida. Dulce y feliz expiración. Los partes oficiales decían que murió de síndrome neurológico con inmediata suspensión de la actividad cerebral ¡Manda huevos! De la sílfide nunca se supo nada.
Yo los miraba apoyado en el muro del cementerio, por supuesto con mi periódico en tercien, vamos, como leyendo. Pero escuchando a unos y a otros con sumo interés.
Agradecí mi rápido ingreso en la acristalada y parca sala de autopsias. Aquel hedor picante, aquel territorio guarnecido con el día a día de la funesta realidad de los infortunios humanos. Ahora deducía, por supuesto, lo que se esgrimía dentro de semejante almacén de chicha humana. Puro elemento de compensación cotidiana entre la vida y la muerte, néctar de evasión de la naturaleza. Aquella mesa que vislumbraba tras los cristales, mármol y aluminio era su composición, cernederos y guantes asépticos evaluaban el colosal valor de la savia humana en desintegración paulatina. El vaciado del cuerpo y el sajar del bisturí me pusieron los vellos de punta. Todos teníamos que pasar por este instante de la existencia, ser obligado por plebiscito a contemplar el rudo espectáculo de lo que somos. Pulverizar los sueños de grandeza en este instante, para que observaran que la gloria, el poder y el dinero se convierten en un material inerte. Si estuviera en mi mano metería a todos los abrazafarolas, zampabollos y mentecatos a una sesión de occiso. A más de uno le reintegraría la armonía interior.
El camposanto te da muerte pero también sapiencia.
SEGUNDA HISTORIA DE LA EXISTENCIA
De donde la melancolía se convirtió en un grito solitario
Si yo sé lo que es amor es por ti.
Herman Hesse
Afirmé mi cadera en el fortepiano, estudiando cómo el sonido reverberaba en la capilla. Alcé mi mirada y la fijé en el infinito. Una joven novicia se me acercó. -Le veo extasiado consigo mismo. -me dijo la novicia.
La miré y elevé las cejas en forma de pregunta. Con una rapidez inusitada me entregó un sobre. -El corazón y el amor siempre ha sido fuerte y resistente, estoy rota de dolor, destrozada, ella ha vuelto a nacer con la muerte. Por favor intente hacer llegar a todo el mundo los últimos pensamientos de mi hermana. -me dijo la novicia.
Icé mi mirada anonadado. La novicia desapareció rápidamente, como alma que se lleva el diablo. Como ayudante de fusta esperaba el final del responso para sacar el féretro y llevarlo al camposanto. Aldo Lorido me dejó solo ante tanta pena, el bar lo esperaba. Era frío como la noche. Supongo que con los años todo se supera. Para mí era un principio. No esperé a que terminara la ceremonia, abrí el sobre y empecé a leer:
Me había convertido en un despojo humano y había partido en busca de un baño mágico que me pudiese lavar el alma del desastre que iba a acometer.
Las penalidades del viaje, en principio, deberían ser agradables en comparación con mi última semana en el convento. No se lo conté a nadie, mi orgullo me lo impedía. Me pregunté cómo había llegado hasta este punto. Me rechazaban todas las jóvenes reunidas en el claustro. No lo entendía, todas estaban horrorizadas cuando me veían.
La ruta que elegí terminaba de súbito en una especie de cuarto oscuro, justo al final del pasillo (Este camino elegido, era paso único, así que yendo por aquí no despertaría sospechas de estar intentando mirar al cielo, llegar a él…).
Tan solo demoraba lo inevitable. Mi rostro estaba unido al resto de mi persona. Pasé el torso por el canto de la puerta y miré a mí alrededor, pero no vi nada ni a nadie.
Tuve que dejar de leer, la comitiva empezaba a salir de la iglesia. Iba a ser un entierro triste, un entierro de amor. La leña húmeda no se quemará esta noche. Las plañideras no eran ficticias como en otros entierros, había sentimientos en sus llantos.
Mientras consagraba mi mirada viendo como introducían el féretro en el panteón, volví a asir la carta y continúe leyendo.
Había llegado al lugar elegido. Soy consciente de lo que hago, aunque estoy algo tensa. Odio lo vedado, odio las imposiciones, odio todos aquellos que no aman. Besar y seducir no es una asignatura que se enseñe en las salas de tiza. Tuve que aprender por ensayo y error. Aunque los errores tampoco estuvieron nada mal.
Me enamoré, un amor puro, límpido ¡Me lo impidieron! Penaron mi pena con aislamiento, rencor, perversidad. Estuve encerrada en mi celda con el corazón partido. Me alejaron forzosamente de él, no era para mí, eso decían las casadas con el infinito, que era eterno… Para que vivir sin su presencia, para que vivir sin su fricción, sin el contacto de sus labios, sin sus dulces palabras cerca de mi percepción.
Me arrodillo a un lado, usando la mano para sujetarme contra la pared, sosteniendo en la otra el cuchillo. Colocó la cara tan cerca de la hoja que puedo ver mis ojos y la curva de mi mejilla reflejada en la misma. Un súbito rasgado dejó salir lentamente el brebaje de la vida por mis muñecas. Dicen que morir así es dulce, como morir de amor. Estoy sola, he pasado el rubicón, no hay marcha atrás. Un punto de luz, más brillante que el sol, desaparece. Mientras dejo mi existencia, me da tiempo a rasguear estas letras.
Unas lagrimas condensadas fulgurando como una multitud de fanales, dividiendo el tiempo, resbalaron por mi mejilla. Guardé la carta y abrí el periódico que siempre llevaba para los entretiempos, por la página de obituarios ¡Y la encontré!
Había una esquela de amor como nunca jamás había leído:
A ti mi amor. Brasas de quimera, cenizas en el crepúsculo, albor de tu destierro.
Pero qué es la vida si no un paso triste.
TERCERA HISTORIA DE LA EXISTENCIA
Donde me encontré con un extraño presbítero, la fábula de tres gatos garabateada en una cuartilla y la reflexión de un sabio en media cuartilla.
Cogito, ergo sum
Pienso, luego existo
René Descartes
Aldo Lorido me dejó solo, más solo que la una. Como siempre los aprendices se comen todo el marrón. Llegué antes de tiempo a recoger el finado ¡Estaba todavía vivo, vamos en las últimas! ¡Les estaban dando los santo oleos! El presbítero un extraño personaje con hábito, alopécico y renco. De rodillas y mirando hacia arriba recitaba una retahíla de frases con una pronunciación un poco rara, confundía la “R” por la “G”: – Codex luris Canonici, can. 847,1. Pog esta santa unción y pog su bondadosa misegicogdia, te ayude el Señog con la ggacia del Espígitu Santo. Paga que, libge de tus pecados, te conceda la salvación y te confogte en tu enfegmedad. Amén.
Nunca había estado en una extremaunción. No me podía aguantar más al oír hablar al presbítero. Una leve sonrisa se me empezó a dibujar en la faz. Acelere, salí a la calle ¡No aguantaba más! Una enorme carcajada brotó de mi garganta, y del esfuerzo creo recordar que con tanta risa un sonido como de tusco, afloró por debajo de mis posaderas. ¡Eso sí, limpio de olor! Aunque decir que lo del Codex luris Canonici, can. 847,1, lo dijo el tío del tirón y sin errar en la erre…
Mientras este hombre dejaba la existencia poco a poco, no tuve más remedio que sentarme a esperar el concluyente fin de la misma. Una cama desvencijada hacía de reposo al cuerpo. Dos mesillas de noche con los cajones sin cerrar y un armario con las puertas entornadas era todo el mobiliario de la habitación. En una de las mesillas había un cartapacio que ponía: “leer tras mi muerte”, lo abrí y dentro había una cuartilla y media. El encabezamiento tenía un título un poco extraño: última reflexión después de setenta y cinco años. La curiosidad, que siempre mata al gato y un poco de morbo me hizo coger la cuartilla y media y empecé a leer. Años más tarde, en mis historias de la existencia y después de informarme un poco del personaje, me pareció interesante que tras setenta y cinco años y antes de precipitarse hacia el abismo del limbo, narrara la historia de tres gatos en una cuartilla y, su más profunda reflexión, en media cuartilla.
Este hombre fue siempre un libre pensador, aunque de una sola meditación. No tenía la necesidad de difundir sus más recónditas fibras de libertad. Fue tan libre como cambiarse de traje cada diez minutos y volver a ponerse el primero a la hora de ponerse el último. Lo anecdótico es que tan solo tenía un traje.
Historia de tres gatos en una cuartilla
Llevo setenta y cinco años reflexionando, pensando, madurando la manera de tener una buena ocurrencia o contar alguna historia. Vivo solo para esto. Tengo que plasmarla antes que me llegue la expiración, que intentare que llegue antes que se me acabe la inspiración.
Por fin plasmo en la cuartilla:
En lo alto de un cerro se sentaban un sabio y su discípula. Quería iniciarla en la comprensión de lo que vemos, no vemos, oímos, palpamos etc.
-Existen otras perspectivas de lo que tenemos delante, pero no siempre son correctas.- le dijo el sabio a su alumna
-Te voy a hacer una pregunta y tienes tres oportunidades para responder. Tan solo responde y no me hagas preguntas. -le expuso modulando despacio las palabras.
-Tres gatos están dentro de un frigorífico. Uno es blanco el otro negro. ¿De qué color es el que queda? -le dijo incrustándole la mirada.
La joven contesta.- Pues si un gato es de color blanco y el otro es de color negro ¡El que queda será blanco y negro!
-¡Pues no! -dijo el sabio. -Objetivamente y desde nuestro punto de vista, como están dentro del frigorífico, no se sabe.
-Atenta que tan solo te quedan dos posibilidades para acertar ¡Fíjate bien! –dijo el sabio.
Este le vuelve a plantear a la muchacha la pregunta de manera inobjetable.
-Pues desde el punto de vista objetivo que no subjetivo, no tiene sentido. Pueden salir los tres blancos, los tres negros y los tres blancos y negros. -dijo la muchacha.
-¡Pues no! -dijo el sabio. -¡Piénsalo mejor! Si tú no ves a los gatos que están dentro del frigorífico. ¿¡Cómo sabes de qué color son!? -el sabio la volvió a corregir.
-Atenta que tan solo te queda una posibilidad para acertar ¡Fíjate bien!-expresó con firmeza el sabio.
-¡Ya lo tengo! No hay ningún gato blanco ni ningún gato negro. ¡Tan solo hay un solo gato y es blanco y negro! ¿Y ahora qué, algo que decir? -dijo la muchacha sonriendo.
-¡Pues no! -dijo el sabio. -¿¡Desde cuando has visto tu un gato blanco otro negro y otro blanco y negro metidos en un frigorífico!?
-Pues vaya pregunta absurda y tonta.-dijo la alumna
-¿Te parece una pregunta tonta? -le exhorto el sabio.- Querida alumna si tratas de contestar preguntas tontas, tus respuestas serán también tontas.
Última y verdadera reflexión en media cuartilla
Para quien lo lea: Esta gimnasia mental de relaciones de seguimiento entre cosas ampliamente divergentes, a veces contradictorias, esta manía de discutir hasta conseguir lo absurdo, proponiendo preguntas tontas y respuestas tontas, resuelven las cosas, o no, de manera inesperada. Es una forma de deliberar que lo que ves o te dicen no siempre es la verdad.
Sentado en un vetusto banco de mármol resquebrajado por el tiempo, levanté mí mirada hacia arriba observando cómo los últimos rayos de sol traspasaban las nubes, que “halaban” nevadas y prestas por la cúpula celeste, transitando sus últimos momentos de la tarde. Los cipreses se arqueaban majestuosamente alrededor del muro del camposanto. Bajo una suave brisa me levanté del frío banco y me dirigí hacia la tumba del viejo sabio. Un grupo de aves me acompañaban al ritmo de un trinar melancólico. Arqueé mis piernas hacia el frío mármol, unas retozonas hojas me caían lenta y majestuosamente por encima. Aparté las hojuelas que tapaban unas pulcras letras góticas, dejando entrever su epitafio.
He contado una historia y he reflexionado, todo, en cuartilla y media.
CUARTA HISTORIA DE LA EXISTENCIA
Lo que se aprende en las trastiendas y la historia de la familia Simplis.
Si quieres destruir la avaricia, debes destruir el lujo, que es su padre
Cicerón
Con esta última historia, quiero terminar esta sucesión de cuentos, historias, fábulas, vamos os dejo que las llaméis como queráis, a mi me da igual. Queda claro que en mi azarosa vida todavía quedaban historias que contar, con giros, anécdotas y, alguna que otras, visiones más espectaculares que diez odiseas.
Antes de ser ayudante de pompas fúnebres tuve que pasar por el ritual de aprendiz, me tenían para todo ¡Niño ve a la cafetería y tráenos un café! ¡Niño vuelve a la cafetería y trae unas copitas! ¡Niño vete a por tabaco! ¡Niño vuelve a la cafetería a por coñac!
Las trastiendas, reboticas, piezas, anejos, siempre han sido un lugar de ilustración y conocimiento. Hoy tocaba reunión. Esa tarde estaban reunidos Don Abundio Mentiras: dueño de la cafetería de moda, “Chichicafé”, Don Agapito Malasaña, comisario de policía, Don Crisóstomo Doroteo: dueño de la pastelería “La casa de las tortas”, Don Aldo Lorido responsable de la fusta y dueño de pompas fúnebres: “La esperanza es lo último que se pierde”.
En la trastienda no todo era hablar de fútbol, toros, mujeres, murmuraciones, chismes, rumores y demás ingeniosidad producida por los efluvios del alcohol. En cada reunión semanal, cada uno tenía que contar una historia que le había acaecido en el transcurso del trabajo diario. Esta tarde le tocaba a mi jefe, Don Aldo Lorido. En cuclillas y escondido en un rincón después de haberles traído unas copitas de coñac, empecé a escuchar la historia con ahínco. Nunca he creído que esta historia fuera verdad, el alcohol hace ver cosas que nunca sucedieron realmente, o sí.
La familia Simplis
-Queridos compañeros de trastienda, los ángeles existen, Dios está arriba, vosotros creéis que él nos creó. – así empezó a divagar mi jefe con la historia, ya digo, que el alcohol hace filósofos a los que no son.
-Esta historia me la contó el hijo de los interfectos en el momento que inhumamos al matrimonio en la cripta familiar. -dijo mi jefe trabándosele la lengua.
-Manuel Simplis se casó con María Panzudo, muy jóvenes, aún adolescentes. Durante su pubescencia la fertilidad fue escasa. Siempre habían deseado tener un simplicito. La madurez y la perseverancia en el buen hacer de niños les dio resultados. Por entonces ella contaba cuarenta y cinco años y el cincuenta. Le vino el hijo deseado. Le pusieron por nombre Javier Simplis Panzudo, pero ya de pequeño le llamaban el pequeño Simplis. Un niño de inteligencia rápida.
-Yo seguía asombrado por la elocuencia de mi jefe.
-Un día nefasto llegó una inmobiliaria. Eran el Sr. Juan Tifón y sus técnicos de Tifón construcciones, S. L. Estaban construyendo residenciales por la zona. El Sr. Juan Tifón se presentó ante la familia Simplis lleno de regalos: cajas de licores, revistas porno, relojes sumergibles comprados en la India y jerséis del gran modisto Domingo García “D Y G”. Juan Tifón como gran urdidor pensó que la familia Simplis, que apenas había salido de su entorno familiar se sentiría atraída por estas dadivas. Con estos presentes conseguiría depravar la naturaleza honorable de los Simplis, y les encaminaría por el camino del consumismo depravado que todo ser humano tiene dentro de sus genes.
-Hicieron una pausa, mandándome otra vez a por más coñac. Después de dos copas continuó con la historia.
-El Sr. Tifón le dijo a Manuel Simplis.
-Sr. Manuel necesito que me venda usted su parcela, y a cambio obtendrán magnánimas dádivas.
-Sr. Tifón usted habla con lengua bífida. Dónde quiere usted construir sus máquinas, escupirán humo que contaminarán el aire limpio que nos rodea. Si cortan los árboles que nos cercan, no tendremos espacios verdes. ¡Así que recoja sus regalos y váyase inmediatamente!
Juan Tifón se largó ofendido y enfadado. Mientras salía de la finca de los Simplis se le acercó un vecino que les tenía ganas, sí señor, muchas ganas a la familia Simplis.
-Señor Tifón – dijo el vecino – Me gustan muchos sus relojes, la ropa de “D&G” y sus revistas porno me ponen, como se lo diría, un poco tontorrón cuando las leo, bueno leer poco, más bien las miro y remiro. ¡Escúcheme Sr. Tifón! ¡Los grandes árboles no caen de golpe, caen poquito a poco! Me va a dar usted el tres por ciento de todo lo construido en la finca, algún que otro regalo y le aseguro que los Simplis no tendrán una vida fácil, como que me llamo Juan Salmonete.
Así comenzó el intento de destrucción de la familia Simplis. Como primera medida, Juan Salmonete abrió un club de alterne en el garaje de su casa que lindaba con el dormitorio de Manuel Simplis y María Panzudo. En poco tiempo, un hervidero de coches inundaba la finca de los Simplis en busca de jarana, sexo y alcohol. Las chicas de buen ver solían salir a la puerta vestidas con minifalda y camisetas de laminillas. Los hombres salían del garaje con la bragueta abierta y descamisados.
La familia Simplis seguía íntegra e inalterable. A los tres meses, Juan Tifón llamó a Juan Salmonete.
-¿Pero esta historia es verdad? -le pregunto Abundio Mentiras a mi jefe. -Tú qué crees Sr. Mentiras. ¿Que no es verdad? ¡Vamos, déjame terminar! – le soltó otra vez mi jefe con la lengua trabada. -yo seguía en cuclillas y expectante a que llegara al final de la historia.
-Querido Salmonete -dijo -¡He gastado una fortuna en meretrices, alcohol, y cassettes del Fary y los Simplis ni se inmutan! ¡Es que la marcha le da tranquilidad a esta familia! ¿Cómo es posible que resistan tanto? -el Sr. Tifón estaba un poco alterado.
-Ponerle un club de alterne no basta -dijo Salmonete -Usted no se preocupe, tráigame el material que le adjunto en la lista que le paso y le aseguro que no duran ni quince días.
Pasado un tiempo Juan Salmonete roció con fitosanitarios no adecuados para las cosechas, la huerta de los Simplis. En el pozo de la finca echo cinco gatos sin cabeza y un perro muerto.
-Estos se van a enterar, van a cagar forraje- dijo para sus adentros Juan Salmonete.
Al mes siguiente Juan Tifón volvió a llamar a Salmonete.
-Niño vete a por otras copitas de coñac que estamos secos. -dijo mi jefe. Todos asintieron dando puñetazos en la mesa. Y ahí va otra vez el niño con la bandeja a por más coñac a la cafetería. Con tanto alcohol estos ensueños de trastienda no podían acabar bien. Y continuó con la historia, pero cada vez estaban todos más borrachos.
-¡Mi querido Salmonete de agua dulce! -le dijo enfadado el Sr Tifón -¿Qué estás haciendo, mentecato? ¡Llevo no sé cuantos meses esperando! Todas las fincas lindantes están en mi poder. Alcoholismo, peleas, prostitución, crisis cardiacas han podido con todos los vecinos. ¡Solo quedan los Simplis de los cojones! Los otros días pasé por la puerta y los vi cantando y bailando. Por cierto están más gordos que antes. ¿No le envenenaste el agua y la huerta?
-Es usted muy impaciente amigo Tifón -dijo Salmonete – Contra esta familia, que parece venida del espacio, tan solo queda ¡La gran chocolatata!
-¿Y eso que es? -dijo Tifón.
-He descubierto que para los Simplis el chocolate es como una droga, no pueden resistirse. Les voy a preparar un celemín de chocolate deshecho. ¡No podrán resistirse!
A los cuatro días, se oyó un coro de lamentos fúnebres en casa de los Simplis. Manuel Simplis y María Panzudo habían muerto de un empacho de chocolate. El pequeño Javier Simplis se salvó del empacho y la muerte, al no estar todavía destetado.
La finca se vendió al mejor postor, o sea Juan Tifón. Al pequeño Simplis después del entierro lo llevaron a la inclusa. Una vez cumplida la mayoría de edad, desapareció sin dejar rastro. Unos dicen que se fue voluntario a la legión, otros a hacer las Américas. Lo que sí tenían claro los trabajadores de la inclusa, es que se evaporó mientras dormía en el dormitorio, cerrado a cal y canto.
Una carta sin remitente le llegó a Juan Tifón una noche de verano y decía lo siguiente: Buscar gran dote es lo mismo que tomar dinero a daño; que cuanto más recibe son los réditos más largos. Estate pendiente de tu tren, pronto llegará…
La frase me dejó un poco atónito e intenté comprender su significado, no creo que fuera de mi jefe, este no tenía mucha chicha en el cerebro. Con el tiempo y, antes de relatar esta historia, la investigué hasta que encontré la cita. Era de Agustín Moreto y Cavana, versado en comedias, loas y entremeses.
El que escribió la carta era rápido de entendederas y talento no le faltaba.
Juan Tifón no llegó a cumplir los cuarenta… a este también le acompañe a su última morada. ¿Algo de verdad debía de tener este cuento?
Borrachos como piojos, los comensales de la reunión se levantaron balanceándose bajo los efectos del dios Baco, dejando a mi jefe solo en la mesa mirando al techo, como si estuviera en el limbo, como una sensación de flotar sobre una embarcación en un río en calma.
EPÍLOGO
Cuando suene la hora de encuadernarme con la historia de mi azarosa vida y me depositéis en el hipogeo, ponedme este epígrafe: Yo Matías Queroso, también he surcado ese río en el tiempo y la historia de existencia humana.
¡Sin fotos¡, por favor.
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